lunes, 8 de febrero de 2010

El origen de los gilipollas

Ya decía el Eclesiastés que el número de necios es infinito, y tan bíblica máxima se sigue perpetuando hasta nuestros días, más si cabe en nuestro país donde un dicho popular afirma que en España ya no cabe un tonto más. A los tontos se les han aplicado gran variedad de epítetos en la lengua del Imperio, pero sin duda uno de los más duros es el de “gilipollas”, utilizado para designar a todo aquel necio elevado a la potencia máxima.

Pues bien, los gilipollas se originaron en Madrid, que como se sabe es el centro del mundo y de él surgen todas las cosas. Allá por el siglo XVI, hubo un alcalde de la Villa y Corte —y Confección, que diría el gran Coll, a quien Dios tenga en su Gloria y en sus chistes— llamado Gil Imón, que tenía dos hijas en edad casadera aunque bastante difíciles de colocar por ser bastante feas y, a la sazón, también tontas. El regidor se hacía acompañar por ellas a todos los sitios donde acudía en virtud de su municipal cargo, posiblemente con la esperanza de que el carisma de su rango fuera atractivo a algún jovenzuelo que tuviera a bien fijarse en aquellas damiselas que, al fin y al cabo, eran las hijas del alcalde.

En aquellos tiempos, a las jovencitas se les solían llamar “pollas o “pollitas”, palabra ésta que hoy ha degenerado en otro significado tan procaz que nadie de buen gusto se referiría hoy a una moza con tal vocablo. A causa de todo ello, se creó una asociación mental entre D. Gil y sus muchachas de modo que la plebe empezó a considerarlos como un todo indivisible.

“Aquí están D. Gil y sus pollas”.

Dada la fama de marmolillos o lentas de entendederas que tenían las mozuelas, la frase degeneró hasta “Gil” y “pollas”, convirtiéndose en una cita que aludía a la torpeza en las cosas del intelecto, de modo que para referirse a todo lelo o bobo de solemnidad el vulgo empezó a señalar a las pollas de D. Gil Imón. De ahí pasó a su contracción moderna, “Gilipollas”, que ha llegado hasta nuestros días.
Nos hallamos pues, ante otro invento que añadir a la larga lista de contribuciones a la tecnología y a la cultura mundial que han surgido en este país (que diría un progre). Ahora ya sabemos que no sólo el botijo y las rosquillas del Santo son un invento hispánico. También lo son los gilipollas.




1 comentario:

Ariovisto dijo...

Su hermano debía tener una carpintería... Puertas Gil o "Gil y Puertas"

Curioso, chino.
Un abrazo.