martes, 16 de agosto de 2016

Las Cabañuelas



Aunque hoy en día disponemos de modernos métodos para predecir el tiempo atmosférico, suelen fallar a menudo porque la climatología es caprichosa y no se acomoda siempre a los postulados científicos y lógicos. Por eso, y aprovechando que estas fechas son fundamentales para el tema que nos ocupa vamos a hablar de las cabañuelas, poco conocidas en los ambientes modernos y progresistas.

Según el Diccionario de la RAE se denomina cabañuelas a los cálculos que, observando las variaciones atmosféricas en los 12, 18 ó 24 primeros días de enero o de agosto, forma el vulgo para pronosticar el tiempo que ha de hacer durante cada uno de los meses del mismo año o del siguiente. Veremos por tanto, las de Agosto por ser las más corrientes y estar en el mes clave para su realización.

Todo se basa en relacionar días concretos de este mes con cada mes del año, habiendo diversos métodos de cálculo según las regiones:

  1. El más sencillo comienza directamente el día uno de agosto, observando el tiempo que hace y que se corresponderá con el mes “uno” del año siguiente, es decir, enero. El día dos corresponderá al próximo mes de febrero y así sucesivamente hasta el doce que se relaciona con diciembre
  2. Otros empiezan el día dos, acabando el trece. La causa es que el primer día de agosto se considera primordial pues es la "llave del año", de modo que la meteorología de este día nos indicará cómo va a ser el año siguiente en conjunto.  
A las fechas en que estamos y viendo estos días pasados, se puede presumir que el año que viene será más bien caluroso y con pocas lluvia, vista la tónica de la primera docena del mes. Sin embargo, existen sofisticaciones que permiten afinar aún más las cabañuelas y hoy es un buen día para comenzar. En la Región de Murcia se cuentan no sólo los doce o trece primeros días de agosto, sino también los doce siguientes, de modo que hoy, catorce de agosto (y si hemos reservado el primer día como llave) comienzan las cabañuelas de retorno o retornás, que permiten confirmar las predicciones de la primera docena, empezando al revés. También se cambian las referencias de modo que el dos de agosto no corresponde a enero sino al propio agosto, quedando de este modo:

Primera vuelta (Cabañuelas propiamente dichas):

1 de agosto representa la llave del año.
2 de agosto representa septiembre.
3 de agosto representa octubre.
Y asi sucesivamente hasta el 13 de agosto que representa julio.

Segunda vuelta (retornás):

14 de agosto representa julio
15 de agosto representa junio, y así en orden inverso hasta el 24 de agosto que representa el propio mes de agosto.

Muchos sabios populares consideran más exactas las cabañuelas de retorno que las de ida, de modo que estos días nos podemos entretener en este útil pasatiempo y contrastar el año que viene nuestras predicciones con las de la nueva Agencia Estatal de Meteorología, que hace poco dejó de ser nacional (antes Instituto Nacional de Meteorología) por lo que nuestras patrióticas profecías de seguro serán más exactas que las de ese ente tan correcto, aun a pesar del temido y tan cacareado cambio climático.

Y es que cuando se van perdiendo las esencias, hasta la lógica científica empieza a fallar.

El Palio de agosto










Cuando somos jóvenes, forjamos mitos. Grandes amores que pudieron ser y no fueron, o quizás sólo sueños de una mente ilusionada. Y, sin embargo, con el paso de los años las quimeras a veces vuelven recurrentes como queriendo decirnos algo aunque sea simplemente que los tiempos pasados también fueron buenos, pero no por ello han de ser mejores. 

Era un tórrido mes de agosto de finales de los ochenta, en la Toscana. Aquellos aventureros que salieron de una lejana ciudad española llegaban a Siena tras varios días de andanzas por tierras de España, Francia e Italia tratando de imitar a Don Juan Tenorio en comandita. Como suele ser habitual en todos estos casos, no se habían comido una rosca. Otra ciudad más de donde saldrían nuevamente con la moral caída, el bolsillo vacío y el estómago hecho unos zorros por el bebercio. 

La ciudad era un hervidero de gentes, vehículos y fiesta. Sin saberlo, habían llegado el día del Palio de Agosto. Acababa de terminar la carrera de caballos en la Piazza del Campo y todas las pantallas de los bares la transmitían sin cesar mientras hombres, mujeres y niños atiborraban las viejas calles y plazas. Se acercaron a unas muchachas con el ánimo de entablar conversación. Eran tres, o a lo mejor cuatro, hasta tal punto se borran los detalles con el tiempo. Una era muy gorda y bastante fea (lógicamente la que más ganas tenía), otra se enrolló en seguida con un compañero de viaje. La tercera era Alessandra, pero sus otras amigas la llamaban Capelli ("pelos"). 

Y no era para menos el sobrenombre. Melena larga con múltiples rizos, como esas damas florentinas del Quatroccento y cara de princesa medieval, de rasgos finos y frágiles. Él se quedó impactado al verla como si Boticelli hubiera encontrado a su modelo ideal para un nuevo nacimiento de Venus o una Primavera rediviva. Habló como pudo con ella destrozando la lengua de Leonardo durante dos horas, logrando sonsacarla que era de un pueblo "vicino Firenze" y que estaba allí para ver el Palio. Todo iba bien hasta que de repente, desapareció, no se sabe cómo ni porqué, aunque la fea seguía por los alrededores de la Piazza del Campo intentando pillar algo hablando a grandes voces con todos los tíos (era algo así como un camionero de Turín, pero con bigote). 

La historia no tendría nada de particular salvo por un detalle. Han pasado casi treinta años y aunque él no sabe nada de ella ni la ha vuelto a ver, a veces le siguen asaltando como en un flashback incomprensible las imágenes de aquella muchacha de cabellos rizados y rostro florentino que ya no atina a ver apenas con nitidez. No fue amor ni mucho menos; sólo un recuerdo, como aquel Rosebud en las últimas palabras del Ciudadano Kane. Pero vivimos de recuerdos, aunque sólo sean fantasías que nos evocan otros tiempos.

sábado, 13 de agosto de 2016

La suerte del enano




Los que ya peinamos canas, o no nos peinamos casi nada por aquello de la escasez capilar, hemos oído de pequeños antiguas y castizas expresiones, de las que hoy destacamos una: “Tienes la suerte del enano, que se fue a cagar y se cagó en la mano”. Mi madre y mi tía Rosa usaban una versión más drástica: “La suerte del enano, que se la pisó meando”. En ambos casos, retrata la mala fortuna con la que nos castiga reiteradas veces el caprichoso destino, que parece cebarse en las desgracias. No obstante, tendríamos que pensar si, en algunos casos, ese cúmulo de acontecimientos desgraciados nos los hemos buscado nosotros mismos con nuestras acciones previas. 

Esta frase no es políticamente correcta y quizás fuera mejor cambiarla. Por ello, cuando veamos a un progre o izquierdoso aquejado de una racha de mal fario deberemos corregirla para no exaltar más su sensibilidad. De este modo, diremos: “Padeces unas circunstancias similares a la de los ciudadanos de muy baja estatura, que al ir a expeler las fecales materias, en completo y democrático uso de sus libertades físicas, pueden inadvertidamente excretar sobre la extremidad del cuerpo humano que comprende desde la muñeca hasta la punta de los dedos y que se encuentra unida al antebrazo”. No queda tan original, pero resulta muy apañado.

La suerte del enano parece aquejar en los últimos tiempos a los habitantes de la nueva Catalonia. Todo comenzó cuando el nefasto proyecto tripartito llegó al poder, auspiciado por los apoyos del Innombrable, ese gafe redomado. Primero se les hundió un barrio entero, luego se les colapsaron las autopistas, los trenes de cercanías, los aeropuertos, etc. Ahora, sus gobiernos separatistas no tienen dinero para pagar a las farmacias, la sanidad es manifiestamente mejorable y estarían en quiebra a no ser por los dineros que se les envía desde la pérfida España. Las desgracias parecen aquejar a esta región, antaño próspera y ahora sumida en un mar de problemas y perdiendo a marchas forzadas los puestos de cabeza de la economía española.

Sin embargo, muchos de sus habitantes no reaccionan y, en una especie de “sostenella y no enmendalla”, siguen votando las mismas opciones más o menos separatistas que durante treinta años han demostrado su ineptitud y que parecen preocuparse más por el espantajo de una supuesta independencia que por resolver los problemas de los ciudadanos. No tienen la suerte del enano, sino la que se han buscado.
Sus dizque políticos tienen una receta mágica, aunque ya vieja, para apartar de sí la responsabilidad de su pésima gestión y pasársela a otros. Es muy fácil echarle la culpa a “Madrit”, decir que España les roba y asegurar a la vez que todo se solucionaría si tuvieran la independencia y se produjera la puñetera desconexión. Y muchos habitantes de esa Matrix cataláunica se lo creen como corderitos, y vuelta a votarles.

Mientras tanto, numerosas empresas nacionales y multinacionales cambian, paulatina pero continuamente, sus sedes desde Barcelona a Madrid o a otros puntos de la geografía hispana en los que se presume una mayor estabilidad política y económica. Sería triste que, al final, se dé la vuelta a la tortilla y muchos catalanes tuvieran que emigrar a otras regiones en busca de una vida mejor, al igual que andaluces, extremeños y murcianos lo hicieron en su día para poder labrarse un provenir.

No tienen la suerte de espaldas, le están dando la espalda a la suerte.

De la vida y de la muerte



 


Hubo un tiempo en que el día 23 de enero se colgaba una enorme pancarta o cartel en la madrileña calle de Preciados que decía “Bienvenidos, toledanos”. La causa no era otra que la festividad de San Ildefonso, patrón de la Ciudad Imperial, y motivo muy propicio, por tanto, para desplazarse a la capital de compras. El cartel lo ponía El Corte Inglés, como puede imaginarse.

Un día de San Ildefonso, yendo hacia Fuenla (1) casi morí. Este tuneo de la letra de “El Relicario” viene muy bien para recordarme que fui bienvenido de nuevo a la vida. Son esos momentos en el devenir de la existencia que los caminos de la vida y la muerte se cruzan, aunque solo una vez se producirá la salida definitiva. El resto serán  situaciones en las que, como se dice habitualmente, uno ha vuelto a nacer.
Ese día, el que esto escribe casi se mata en la carretera. Un pequeño movimiento de volante para corregir una maniobra hizo a su coche describir múltiples eses para al final hacer un trompo. Afortunadamente la carretera estaba vacía y nadie venía detrás, ni se vieron implicados otros vehículos. Tampoco sufrí ni un rasguño y el coche quedó intacto. Sin embargo, el no haber sufrido daños hace que la memoria estuviera despierta todo el tiempo y la película de los hechos estuvo mucho tiempo pasando por mis ojos. Los escasos segundos en los que aconteció el incidente se me antojaron eternos. Llamé, o mejor, grité, a Jesús varias veces mientras daba vueltas como una peonza intentando controlar el coche, porque vi el final muy próximo. Iba a morir o, como mínimo, terminaría la jornada en un hospital, a saber en qué estado. El coche se paró al final y lo enderecé rápidamente para seguir mi camino como un flan.

Desde entonces amo más la vida y tengo más Fe en Dios, aunque siga siendo un heterodoxo. Sus designios no me tenían reservado el final para aquel día. De ahí, el rechazo a quienes se creen con derecho a acabar con su vida o la del prójimo argumentando buenos sentimientos o un supuesto derecho a morir dignamente. Como si la muerte fuera indigna.  El pensamiento único nos organiza la vida y la muerte, nos dice cómo hemos de vivir y también cómo y cuándo hemos de morir. Es nuestro mentor y nuestro verdugo.

Y es que todo este asunto huele a falso y está solo creado por intereses políticos. Salvo escasísimas excepciones —muy aireadas por el cine y los medios, eso sí— ningún enfermo terminal ni sus familiares piden la eutanasia. Sólo se solicita vivir los últimos tiempos sin sufrimiento y esto es perfectamente posible desde el punto de  vista terapéutico sin necesidad de acelerar el exitus. La existencia tiene sentido desde el primer momento hasta el último y no es lícito ni compatible con la moral suprimir ningún instante de la misma por parte de terceros. Mucho menos aún que el Estado pueda llegar a suplir las voluntades íntimas del individuo que solo a éste pertenecen.

Por eso, cuando me llame el de la trompeta (2), espero y deseo que la decisión venga de Arriba, no de otro sitio.

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(1) Fuenlabrada, para los que allí viven.
(2) El de la trompeta es Fausto, el ángel que corona la cúpula del Cementerio de la Almudena, en Madrid. Está sentado y tiene entre sus piernas una trompeta para la llamada al Juicio. Sobre él circulan múltiples leyendas. Mi abuelo (q.e.p.d) se refería mucho a él (Por ejemplo: "Cuando me llame el de la trompeta).

lunes, 1 de agosto de 2016

Casas de indianos



He vuelto al Norte, a Asturias. Y al volver a recorrer sus calles y caminos, sigo maravillándome de esas suntuosas mansiones que pueden contemplarse en una pequeña aldea o al pie de una carretera. Muchas se hallan en uso y buen estado; de otras, desgraciadamente, sólo quedan tristes ruinas que dejar entrever la grandeza de tiempos pasados. Son casas de indianos, viviendas de antiguos emigrantes retornados de América con fortuna, que edificaban estos palacetes en el pueblo que les vio nacer para pasar allí sus últimos años. Recompensa tardía tras una vida de trabajo y  sacrificios, los sueños del emigrante se materializaban así, en piedras nobles y jardines exóticos. Un conjunto de texturas, sensaciones y lujos que ayudaban a sobrellevar la postrera etapa, una vez cumplida su aventura vital.
Edificadas en su mayoría desde la segunda mitad del siglo XIX y hasta principios del XX, algunas son auténticas joyas de la arquitectura modernista, asturiana o montañesa de su época. Los indianos también financiaban la construcción de escuelas públicas, asilos, iglesias y otros edificios, demostrando así el agradecimiento hacia la tierra suya y de sus antepasados.
Complementando este sentimiento hacia lo propio, es característico también el eco tropical en los jardines de las casas de indianos. La presencia de palmeras, magnolias o buganvillas actuaba como recordatorio de la presencia en las Américas, constatando así el amor a aquella tierra en la que vivieron y prosperaron. Un doble y noble propósito el engrandecer el terruño añorado durante tantos años y agradecer al tiempo el país de adopción.
Bien deberían aprender de este ejemplo los aldeanos separatistas que confunden el culo con las témporas pascuales, y el amor a la tierra con la exclusión de los otros. Es evidente que no han tenido que emigrar a las Indias, pues seguramente entonces pensarían de otra manera (a cambio, se les da muy bien hacer el indio). Lo mismo podría aplicarse a esos presuntos refugiados que se dedican a degollar a inocentes curas, violar mujeres y otras lindezas por el estilo. Es difícil pensar que si vuelven a Oriente hagan algo edificante, valga la redundancia.
Quedémonos pues con el recuerdo de la huella de los indianos y su ejemplo de trabajo, agradecimiento y patriotismo. Engrandecieron España y América, y merecen por tanto nuestro homenaje.

sábado, 2 de julio de 2016

La falsedad de la "España plural"



Escribe Santiago Trincón en El País un artículo sobre la España Plural muy acertado. No puedo por menos que coincidir con el autor en el sentido de que el término “España plural” se ha creado precisamente por sus enemigos, aunque ha sido complacientemente aceptado por los amantes de lo políticamente correcto.

La Nación española existe como tal desde tiempos de los visigodos aunque no fuera como Estado en sí. Es la más antigua de Europa y frente a ella, entelequias como la realidad nacional andaluza, Euskalerría, la nación catalana y otras no pasan sino por ser decorados fantasmas de guardarropía. Por eso, y para minimizarla, los separatistas o algún progresista descarriado crearon el término. Una España que son muchas no es una España porque falta el espíritu de la unidad; un puzle en el que las piezas sueltas son más importantes que el resultado. Un sindiós, vamos.

Realmente no existe otro concepto más artificial que éste. Podría hablarse de diversidad, de que España es diversa aunque con éste también hay que tener cuidado porque se tiende a exagerar. Es cierto que hay varias regiones en España y que algunas provienen de antiguos reinos —por cierto, ni Cataluña ni Vascongadas jamás fueron reinos—, pero pretender crear abismales diferencias entre ellas no tiene otro objeto que debilitar al conjunto y común de todos que es España para así servir a nefastos intereses.

Todos tenemos sutiles y pequeñas diferencias, hasta los de Villarriba son diferentes de los de Villabajo, pero en ningún caso hay causas históricas o sociales tan importantes que justifiquen un abismo geográfico entre dos zonas de nuestro territorio. Existe más diferencia entre un habitante de Hawai y uno de Texas que entre un gallego y un andaluz, pero ambos (hawaiano y texano) se sienten por encima de todo norteamericanos, mientras que aquí nos peleamos por identidades que jamás existieron, salvo en la mente de algunos políticos.

Y mientras, en Europa nos miran como a marcianos. Cuando ahora estamos integrados en la Unión Europea y grandes decisiones, así como muchos de los aspectos de la legislación trascienden los ámbitos de los Estados y son tomadas en Bruselas, en España existen, 17 calendarios de vacunaciones (ahora parece que se va a unificar, afortunadamente) siendo evidente que las paperas murcianas son lo mismo que las riojanas. Esta locura y descoordinación debe corregirse cuanto antes.


Por ello debemos defender con ahínco la idea de España por encima de todo, volver a tener un Estado fuerte y dejarnos de aventuras periféricas, que son las que nos están debilitando. Muchos dirán que ya no hay vuelta atrás, pero yo me sigo reafirmando que es posible. Basta reformar la Constitución para dedicarse a la defensa y consolidación de ese proyecto común que es España. Todo lo demás son medianías.

martes, 28 de junio de 2016

La vieja perra ingrata





Doblamos el baluarte de San Felipe situándonos fronteros al puerto, oliendo la tierra de España como los asnos huelen el verde […] cuando llegué junto a Diego Alatriste, mi amo sonrió un poco, poniéndome una mano en el hombro […]

–Ya estamos aquí otra vez, zagal.

Lo dijo de un modo extraño, resignado […] Yo miraba Cádiz, fascinado por el efecto de la luz sobre sus casas blancas y la majestuosidad de su inmensa bahía verde y azul; aquella luz tan distinta de mi Oñate natal, y que sin embargo también sentía como propia. Como mía.

–España –murmuró Curro Garrote.

Sonreía torcido, el aire canalla, y había pronunciado el nombre entre dientes, como si lo escupiese.

–La vieja perra ingrata –añadió.

Se tocaba el brazo estropeado cual si de pronto le doliera, o preguntándose para sus adentros en nombre de qué había estado a punto de dejarlo, con el resto del pellejo, en el reducto de Terheyden. Iba a decir algo más; pero Alatriste lo observó de soslayo, el aire severo, la pupila penetrante y aquella nariz aguileña sobre el mostacho que le daba el aspecto amenazador de un halcón peligroso y seco. Lo miró un instante, luego me miró a mí y volvió a clavar sus ojos helados en el malagueño, que cerró la boca sin ir más allá.

(El Oro del Rey, de Arturo Pérez Reverte).
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Curro Garrote no era antipatriota, ni un separatista de ésos que maldicen a menudo contra la Patria común de todos los españoles. Era un soldado que había estado a punto de perder la vida en las trincheras de Flandes luchando por esa “vieja perra ingrata”. Y también por la verdadera religión, como se decía entonces, contra los rebeldes y herejes (como también se decía entonces) holandeses, seguidores de Calvino o de Lutero.

Fuerte o insultante, lo cierto es que esa frase suena a amor desesperado, a novia que te la juega a menudo pero sigues amándola a pesar de todo. Porque no puedes vivir sin ella. Esa frase es un lamento de dolor, al fin y al cabo.

España nunca trató muy bien a sus mejores hijos. Después de dejarse la vida en los campos de batalla europeos o frente al infiel turco, aquellos héroes volvían —si lo lograban— para comprobar que su sacrificio era estéril. Todo seguía igual que siempre,  mangoneado por los de siempre: políticos corruptos, aristócratas vagos y soberbios y fanáticos religiosos que se escudaban en la defensa de la Fe.

Nunca tuvimos futuro porque nuestros enemigos ya se han encargaron durante siglos de hacernos la puñeta. El pirata inglés, el infiel, el holandés díscolo y ávido de negocios, el yanqui que se aprovechó de nuestra decadencia final. No nos quiere nadie, eso ya lo sabemos. Luchamos durante dos siglos solos contra todos y así nos fue. Y en cierta forma, seguimos haciéndolo.

Pero los peores son los enemigos del interior, a los que importa una higa si el pueblo sufre o no, los que pasean en coches oficiales y desconocen lo que cuesta un café. Los malos políticos que crearon la ironía de convertir a España en el país más poderoso del mundo, porque llevan siglos intentando acabar con ella y no han podido, como decía el canciller Bismarck.

Y, sin embargo, la historia ha hecho una pirueta perversa y la ingratitud ha cambiado de sitio. El desencanto acumulado durante siglos, unido al odio visceral y cainita contra nuestros hermanos cuando piensan lo contrario a lo que nos acomoda, ha dado la vuelta a la tortilla. Ahora los ingratos modernos se escudan en las tropelías de los antiguos para que lo poco logrado en estos doscientos años desde las cortes de Cádiz se vaya al traste. El esfuerzo de nuestros padres y abuelos nos convirtió en la cuarta economía de la zona euro y la decimoprimera potencia mundial (sólo hemos bajado diez puestos desde la caída del Imperio, pero podía haber sido peor). Y ahora vienen unos iluminados y postulan que volvamos al tercer mundo envueltos en aromas de ecologismo, bicicletas, feminismo, paz y progreso.

Porque todo está mal. Hay que cambiarlo todo, dicen a millones de ilusos que creen en sus proclamas y que no saben quién era Lampedusa. Cuando lleguen y todo se pierda, “la gente” se dará cuenta de su error, pero será tarde. La vieja perra que decían ingrata dio a luz un montón de cachorros mucho más ingratos y fieros que devorarán todo, incluso a ella.


Pobre España, siempre llena de enemigos, por dentro y por fuera. Y con la maldición del odio en vena.