
Llegan las fiestas navideñas y con ellas la tradición de los regalos. Cuando los que aquí escribimos éramos niños —salvo quizás alguno más joven— los juguetes los traían siempre los Reyes Magos, mientras que el advenedizo personaje vestido de rojo (no podía ser menos) y que agita la campanilla como si estuviera llamando al rancho no era más que una figurita de adorno de las que se colocaban en el árbol entre bolas y guirnaldas.
Pero los tiempos cambian y el marketing, que todo lo puede, va acomodando tradiciones y creando otras nuevas que nunca estuvieron en la esencia española, salvo en algunos hogares en los que el Niño Jesús ponía algún regalito a los más pequeños de la casa.
Se plantea entonces una disyuntiva problemática. Los padres luchamos por mantener la tradición, pero a los niños les meten en la cabeza al tío de la campanilla y de las risotadas, (que no deja de ser sino una deformación anglosajona de la figura del venerable San Nicolás, santo varón de la Iglesia) pero a ver quien le dice al infante que en esta casa no viene Papá Noel, porque no es bien recibido.
Mientras tanto, los pobres Magos de Oriente van perdiendo adeptos, porque los muchachos prefieren disfrutar antes de los juguetes y no al final de las vacaciones. Inclusive muchos seguidores de la progresía parecen preferir esta figura más aparentemente laica —aunque en realidad no sea así, como ya hemos visto— que a aquellos que llevaron presentes al niño Dios, que eso viene en la Biblia y es más correcto ser aconfesionales. Se olvida que gracias a los Reyes Magos las vacaciones de Navidad duran más que en otros sitios y que asimismo nos traen el maravilloso roscón, delicia del paladar y clásica costumbre española.
Un servidor lo tiene bastante claro. Cuando los hijos sean mayores y sepan de qué va el tema se acabó Papá Noel. Sólo vendrán los Reyes, como siempre ha sido y debiera de ser.
Feliz Navidad a todos.

