sábado, 10 de diciembre de 2016

Salicilatos

Se cumple hoy el aniversario del descubrimiento del ácido acetilsalicílico en 1897 por el químico Félix Hoffman, investigador de la casa Bayer, culminando así un hallazgo que comenzó en el tronco de un árbol. La sabiduría popular siempre había atribuido propiedades analgésicas y antipiréticas (contra la fiebre) a la corteza del árbol del sauce (Salix, en latín) y los indígenas americanos hacían frecuente uso de la misma.

Buchner había logrado anteriormente aislar unos cristales amarillentos de dicha corteza que se denominaron salicina y que era el ácido salicílico, actualmente poco utilizado salvo como callicida y para conservar las hortalizas (el llamado “polvo para los tomates”) aunque actualmente está prohibido en su uso alimentario, debido a su toxicidad.

Fue Hoffman el que logró acetilar el ácido salicílico, obteniéndose así el famoso compuesto llamado ácido acetilsalicílico o aspirina, que todos conocemos y que todavía sigue usándose como marca comercial en algunos países.

Aunque ha perdido popularidad por sus efectos secundarios (es un misil para estómagos delicados y puede producir gastritis y úlceras) sigue siendo un buen analgésico y previene además de los infartos y trombosis, pues impide la agregación de las plaquetas sanguíneas, causa frecuente de trombos. Para ello basta una dosis menor, con un cuarto de pastilla de aspirina es suficiente.

La aspirina ha acabado con las cefaleas que originaban los largos discursos de próceres caribeños (Ahora la mayoría han muerto y ya no es necesaria), insoportables ruidos del vecino de arriba, cónyuges y suegras con verborrea abundante y profusa y otros trastornos de la vida cotidiana. Por ello, siempre habremos de darle gracias a la blanca pastillita de nuestros amores, que de algún apuro nos ha sacado.

Y que sea por muchos años.