
miércoles, 22 de mayo de 2013
El día de Santa Rita

domingo, 3 de marzo de 2013
Mira, López
“Mira, López, te presento al futuro presidente de la República Española”.
domingo, 7 de marzo de 2010
¡Churro va!
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Jueves, 15 de Ventoso (Día de la cabra).
Los que ya tenemos una cierta edad recordamos aquellos años gloriosos de las dos horas de digestión para poder bañarse y de las meriendas que consumían nuestras tardes de infancia. Meriendas con pan y chocolate que disfrutábamos con pasión y sin temor a las caries ni a la obesidad, pues parece que estos dos sólo fueran males de nuestro tiempo a causa de la supuesta calidad de vida que presuntamente se disfruta. También existirían entonces, pero no salían sesudos señores en la tele avisándonos de los peligros del dulce y amargándonos en consecuencia la vida.
Pero no son estos recuerdos gastronómicos el objeto fundamental de este artículo, sino un entretenimiento que acompañaba esas tardes de pan y chocolate. Se trata de aquel popular juego llamado “Churro va” o también “Churro media manga mangotero” (o manga entera).
Las reglas del juego son bastante conocidas. Dos bandos, uno de “sufridores” y el otro que parte de una situación más ventajosa. La forma de dilucidar este comienzo era generalmente “echar a pies” entre los capitanes de ambos equipos, lo que suscitaba enormes controversias a causa de los numerosos trucos que había en eso de los pies. Los del bando menos agraciado se colocaban agachados en posición de “burro” con la cabeza metida en la entrepierna del precedente y con las manos en las piernas del mismo, formando la fila de la ignominia. A los nervios subyacentes de ser los que recibirían los impactos, se añadía la olorosa posibilidad de que el de delante se tirara un pedo en nuestras narices, pues ése era también el momento que aprovechaban los más perversos y guarros. El primer burro apoyaba sus manos y cabezas sobre un sujeto pasivo que recibía el nombre de “madre” y que se aburría muchísimo por no participar nada más que de Tancredo, además de recibir en su estómago el impacto de la masa saltarina.
Una vez dispuesta la cosa, los miembros del otro equipo al grito de ¡Churro! tomaban carrerilla y se dejaban caer por orden sobre los lomos de los desgraciados que esperaban en la humillante posición antes descrita. El mayor terror era que cayera encima el alumno con problemas de sobrepeso —entonces no solían tener tanto complejo y se les llamaba simplemente “el gordo de la clase”— que siempre jugaba en el equipo contrario y se tiraba el último para ver si los burros caían, con lo cual volvían “a ligarla”. Ya subidos los torturadores sobre los torturados (no podían caerse porque perdían), el cabecilla hacía la pregunta del millón:
"¿Churro, media manga o mangotero?”
Para ello, se tocaba al azar la muñeca, el codo o el hombro (manga entera o mangotero). Uno de los enculados debía acertar la posición. Si así era, se cambiaban los papeles y la venganza estaba servida. Si no, vuelta a sufrir. La madre actuaba de notario para dar fe de la veracidad de la respuesta y evitar trampas.
Un heroico divertimento para tiempos épicos y salvajes donde daba gusto hacer el bestia sin que ninguna mente bienpensante dijera que tenías problemas de adaptación o conducta agresiva. En contra de lo que algunos correctos y melindrosos actuales puedan pensar, nadie se rompió ninguna vértebra, quedó discapacitado o se hernió, por lo menos en los múltiples lances que yo mismo tuve ocasión de jugarlo ni tampoco he tenido noticia de ello.
Ahora los niños luchan virtualmente en juegos electrónicos y consumen así su infancia en sedentarios pasatiempos. que aburrirían a la larga a aquellos guerreros que antaño fuimos y que preferíamos algo más vivo, Quizás porque somos una generación de supervivientes y de ello debemos de enorgullecernos.
martes, 23 de febrero de 2010
Para ti
Miércoles, 4 de Ventoso. Día del aligustre.
En su libro La ciudad que fue, Federico Jiménez Losantos opina que la canción principal de aquella movida madrileña que acabó con el predominio cultura y musical de Barcelona fue el famoso Para ti, mítica canción de amor compuesta por el grupo Paraíso, precursor de
En realidad, no se sabe muy bien a quien va dirigida la letra, pero en ella se averigua el espíritu de una generación que todavía pervive y se enfrenta con mayor o menor energía al pensamiento único y a toda imposición más o menos encubierta o disfrazada de buen rollito.
Parafraseando la letra de la inmortal canción, nosotros ya no tenemos quince años y ya no podemos rascarnos la melena pero seguimos viviendo en tiempos asesinos y seguimos siendo generadores nuestros escritos. Seguimos sin soportar los rollos horribles que nos pretenden colar algunos y al frente se abre un horizonte de esperanza donde las Cortes dejen de ser un cine mudo y se olviden las lenguas viperinas y los críticos seniles para los nuevos tiempos donde las ideas de España y Libertad estén en la mente, el corazón y el espíritu de todos.
Para ti queremos otear el paraíso.
jueves, 4 de febrero de 2010
Cinco palabras
En aquellos tiempos de finales de los setenta, las mañanas parecían tener más luz y el aire de las calles invitaba a ser respirado con toda la fuerza de la juventud que dan de los dieciocho años cuando las tentaciones no pueden resistirse: ¿Por qué aguantar toda una mañana en una fría aula de la Universidad cuando afuera reina un mundo maravilloso? Era el momento en que este que os escribe se rascaba pensativo la melena, entonces tan abundante y hoy desaparecida, y desoyendo la voz de la lógica, tan débil a esa edad, se lanzaba frenético a la parada del autobús en busca del Paraíso que entonces residía en las calles del Madrid eterno.
Cualquier excusa valía: ir a ver unos discos de vinilo, una película mañanera con los amigos o lo que fuera, con tal de escapar de la prisión académica y zambullirse en el mundo de la libertad urbana, conjugándose de este modo el gusto por lo nuevo y el placer de infringir las normas. Bendita anarquía la de aquellos tiempos.
Uno de esos días luminosos que nos concede el invierno cuando tiene a bien hacerlo, vagaba sin rumbo fijo cerca del viejo café Comercial. Ya cansado de no encontrar aventuras, el estudiante de nuestra historia decidió sumergirse en las profundidades del Metro para emprender el retorno al hogar, aun cuando le parecía que el juego iba a terminar demasiado pronto. Por eso decidió quedarse un rato más a contemplar a los viandantes y, sobre todo, a los del sexo opuesto.
Antes los ojos de aquel observador comenzaron a desfilar lo que a él le pareció un maravilloso ejército de muchachas cargadas de libros y apuntes, o con la carpeta sobre el pecho con los brazos cruzados por encima como sólo las chicas saben hacerlo. Él era muy tímido entonces y nada decía aunque a más de una le hubiera tirado un requiebro; la belleza se desplegaba con todo su esplendor en la soleada y fría mañana alegrando la vista y el corazón de un joven que empezaba a vivir la vida y quería apurarla antes de tiempo.
Fue entonces cuando una se paró un momento ante el estudiante. Hoy no puede recordar su cara, pero aquel día le pareció salida de un idílico reino de cualquier historia mágica que pudiera imaginarse. Después de mirarle y antes de marcharse, de sus labios sonrientes sólo salieron cinco palabras, que sonaron como una sinfonía celestial:
— ¡Qué ojos tienes! ¡Qué ojazos!
Nunca es posible esperar lo inesperado. El aventurero de la mañana se quedó como un tonto sin poder articular palabra y apenas pudo esbozar rápidamente una sonrisa antes de que ella desapareciera en el bullicio de la multitud como una estrella fugaz que hubiera desafiado a la noche. Una historia de amor o un idilio quizás perdidos, pero que quedan como retazos de alegría en la memoria.
Han pasado más de treinta años pero el protagonista del relato aún conserva los mismos ojos azules que fueran objeto de tan preciada lisonja. Ya andan gastados por el tiempo, pero siguen contemplando el mundo con la esperanza de que en algún sitio no muy lejano sigue aguardando el país de las hadas. Sólo nos queda descubrirlo y darnos cuenta de que nada es imposible.
martes, 26 de enero de 2010
La casa del ratón Pérez
Pero ocurre que a veces los cuentos se hacen realidad, para gozo del espíritu y de la magia infantil que todos llevamos dentro. Así le ocurrió a este cronista, que andando un día por la madrileña calle del Arenal, cerca de la Puerta del Sol, se topó con una placa conmemorativa a la altura del número ocho de la misma. En la inscripción puede leerse que allí vivía dentro de una caja de galletas el Ratón Pérez.
Existen muchas variantes en todos los países sobre la historia del simpático roedor que se lleva los dientes depositados bajo la almohada, pero resulta entrañable como pocas esta versión española. Para los que seguimos teniendo hijos pequeños que esperan ansiosamente la llegada del ratón cuando procede, los lugares, los textos y las imágenes de esta leyenda nos permite reafirmarnos en la convicción de que en algún lugar de nuestro corazón seguimos siendo un niño al que volvemos cuando celebramos estas tradiciones. Que ese niño perdure siempre.
miércoles, 13 de enero de 2010
Los viejos blogueros nunca mueren
Decía una canción que los viejos rockeros nunca mueren, pues su persona puede desaparecer del mundo físico, más no su música, espíritu y esencia. Cabe suponer que lo mismo debe ocurrir a estas gentes variopintas que pueblan la blogosfera y entre las cuales tenemos el honor de figurar. Podrá nuestra materia emprender el último viaje, pero los escritos permanecen para corroborar lo que uno fue y la impronta que dejó.
Un 14 de enero del año 2007 nos enteramos en los blogs de Libertad Digital del fallecimiento de nuestro compañero yokito, tras varios meses de extraña inactividad que a muchos hacía sospechar nada bueno. Desgraciadamente, los temores se confirmaron y la sombra de la muerte se extendió sobre este espacio por primera vez, y quiera Dios que pasen muchos años hasta que volvamos a encontrarnos en situación similar.
Este post a modo de obituario va dedicado a la memoria del compañero muerto, no sólo como recuerdo para aquellos que le conocimos virtualmente y hablamos con él a través del ciberespacio, sino también para que todo el que lea este post sepa que un día anduvo por la Red un sevillano genial, dotado de una maestría especial para los videos y de una prosa entre cabreada y humorística como pocas se recuerdan. Se puede todavía ver su blog en el engorroso listado de ese sitio, ya que al final del mismo hay un buscador por nombre de usuario que nos permite encontrarlo. Entristece verlo vacío de fotos y videos pues, como dijo en aquella ocasión vez el gran Persio: “Morimos y la página queda sin actualizar”.
Queda la esperanza de que, en las regiones celestiales, el Sumo Hacedor haya dispuesto un hosting para alojar los espíritus blogueros, pues en la casa del Padre hay muchas moradas, y alguna tiene que ser para aquellos que deleitaron o enojaron con su teclado a amigos y adversarios. Un servidor al menos así lo cree.
La vida pasa, pero lo eterno permanece. Va por ti, yokito.
viernes, 1 de enero de 2010
Otra vez en la puerta del Sol
La noche de San Silvestre pasó y el viejo año dio como siempre sus últimos coletazos en un maremágnum de uvas, champaña y juerga más o menos fingida. Volvieron por un momento los recuerdos de los seres queridos que se fueron, las promesas de cambiar que nunca se cumplen y las esperanzas de que cualquier tiempo futuro sea mejor, mientras otra vez en la puerta del Sol volvía a bajar la vieja bola dorada al tiempo que las uvas se atragantaban en los gañotes inexpertos que todavía no han aprendido a llevar el ritmo de las campanadas. Ya no hay marineros ni soldados, como en los tiempos de la canción de Mecano pero la magia del viejo reloj sigue desafiando imperturbable al tiempo.
Gran razón tenían los hermanos Cano y Ana Torroja cuando decían que era el único momento en que todos los españolitos hacían por una vez algo a la vez. Y digo “tenían” porque, desgraciadamente, ya ni siquiera se cumple esta tradición pues en los últimos años podemos observar como se despide el año desde los lugares más variopintos: la torre de la iglesia de Sant Cucufat dels Pallerols, la basílica de Etxanolarraingoitia e incluso la ermita de San Críspulo Anacoreta, tan empinada en la montaña que hubo que retrasmitir las campanadas desde un helicóptero. Pero todo sea en aras de esta diversidad mal entendida y absurda que tanto gusta a separatistas, regionalistas varios y demás individuos que gustan de mirarse el ombligo con tanta profusión que acabarán herniándose.
Sinceramente, a la inmensa mayoría de españoles, sean de izquierdas o de derechas, altos o bajos, guapos o feos, les importa un pimiento donde escuchen las campanadas toda esa fauna moderna. Nuestro reloj es el de siempre, el de la antigua Casa de Correos que todos recordamos como una institución en estas fechas y donde, año tras año se renueva la tradición que nunca ha de morir, dicho sea con permiso de los apocalípticos del cambio climático y de los puñeteros profetas de tres al cuarto que cada año predicen el fin del mundo para el siguiente (aunque nunca aciertan, que Dios es sabio y no les dará ese gusto).
También pareciera hoy que fuéramos a comenzar una nueva vida. Craso error,
Pero no voy a ser yo quien quiebre las tradiciones, pues para eso ya están las gentes políticamente correctas, que probablemente cambiarán en un futuro esta fecha por la del año nuevo musulmán, con toda probabilidad bastante más aburrida en festejos. Es por ello que os deseo un Feliz Año Nuevo que os sea venturoso en todos los aspectos, y esperemos que éste 2010 marque el comienzo del fin político de un conocido personaje conocido por sus múltiples errores, y cuyo principal mérito ha sido —como bien dijo mi amigo y bloguero Cualquie, que a la sazón es primo mío— convertirnos a muchos en periodistas aficionados.
Feliz 2010.
viernes, 18 de diciembre de 2009
Que vivan los Reyes Magos
Llegan las fiestas navideñas y con ellas la tradición de los regalos. Cuando los que aquí escribimos éramos niños —salvo quizás alguno más joven— los juguetes los traían siempre los Reyes Magos, mientras que el advenedizo personaje vestido de rojo (no podía ser menos) y que agita la campanilla como si estuviera llamando al rancho no era más que una figurita de adorno de las que se colocaban en el árbol entre bolas y guirnaldas.
Pero los tiempos cambian y el marketing que todo lo puede va acomodando tradiciones y creando otras nuevas que nunca estuvieron en la esencia española, salvo en algunos hogares en los que el Niño Jesús ponía algún regalito a los más pequeños de la casa.
Se plantea entonces una disyuntiva problemática. Los padres luchamos por mantener la tradición, pero a los niños les meten en la cabeza al tío de la campanilla y de las risotadas, (que no deja de ser sino una deformación anglosajona de la figura del venerable San Nicolás, santo varón de la Iglesia) pero a ver quien le dice al infante que en esta casa no viene Papá Noel, porque no es bien recibido.
Mientras tanto, los pobres Magos de Oriente van perdiendo adeptos, porque los muchachos prefieren disfrutar antes de los juguetes y no al final de las vacaciones. Inclusive muchos seguidores de la progresía parecen preferir esta figura más aparentemente laica —aunque en realidad no sea así, como ya hemos visto— que a aquellos que llevaron presentes al niño Dios, que eso viene en
Un servidor lo tiene bastante claro. Cuando los hijos sean mayores y sepan de qué va el tema se acabó Papá Noel. Sólo vendrán los Reyes, como siempre ha sido y debiera de ser.
Feliz Navidad a todos.
domingo, 13 de diciembre de 2009
Treinta años es poco
Como en otras ocasiones, anduvo anoche el escribano errante de este rincón de la blogosfera en una cena con sus compañeros de colegio de épocas pretéritas, tan vetustas que se pierden en la noche de los tiempos modernos, en esa oscuridad de los recuerdos que de vez en cuando se ilumina brevemente para apuntar un destello de los buenos momentos vividos. No es la primera vez que esta reunión acontece, pues ya son cuatro años quedando para cenar, e incluso a veces hay alguna cita para desayunar un roscón el día de Nochevieja por la mañana, que también es un modo de adelantar la llegada del nuevo año que se aproxima.
La primera reunión que hubo tras el contacto —establecido gracias a las páginas de búsqueda de antiguos amigos que existen en
Las sensaciones son curiosas y cambiantes en esta tesitura. Compañeros que se reconocen inmediatamente nada más verles, como si nada hubiera cambiado; a otros, en cambio, hay que preguntarles aquello tan manido de “¿Y tú quien eres?” Es entonces cuando el interlocutor dice un apellido —la clásica forma de llamar a los condiscípulos en el colegio— y nuestro código descifra su identidad y la compara con una imagen juvenil que anida en un dormido rincón de las neuronas.
Dice la letra del tango que veinte años no es nada. Poco más son tampoco treinta, y aquellos muchachos, hoy canosos y en las puertas del otoño de la vida, se siguen llamando y comportando en sus encuentros como los inocentes escolares que habitaron aquellas aulas de los años setenta, entre albores de libertad y comienzos de amores, desamores y experiencias.
Mucho hemos cambiado o, a lo mejor, no. Pero los que anoche se reunieron tienen en su interior la certeza de que el tiempo se detuvo en un reloj de pared y las pesas inmóviles de antaño anunciaron que, a veces, cualquier tiempo pasado fue mejor.
martes, 8 de diciembre de 2009
No hay quien lo mueva
domingo, 18 de octubre de 2009
Catecúmenos
Mañana, como todos los lunes, llevaré a mi hijo el pequeño a su reunión semanal de la catequesis. Da gusto ver entrar a los muchachos con su librito bajo el brazo y subir alegres las escaleras de la iglesia como el que va a una fiesta. Él me lo dice que se lo pasa muy bien y que le gusta mucho, aunque supongo que también influye en eso el que van casi todos sus amigos, pero cualquier motivo es bueno para que los hijos se acerquen a Dios, que luego ya tomarán ellos el camino que estimen conveniente según sus creencias.
El bien puede aprenderse, como es el caso que relato. Los ejemplos y las enseñanzas de otros pueden inculcarnos unos valores éticos, morales y religiosos que están dentro de la órbita de lo que podríamos llamar bueno. Pero desgraciadamente, también se puede aprender el mal, y el temario de esa peligrosa asignatura es bastante más subrepticio y subliminal. Un amigo mío dice —y razón no le falta—que una de las artes del diablo es convencer a la gente de que no existe y así pasar desapercibido. Por eso, las enseñanza maléficas suelen disfrazarse de buenos propósitos: igualdad, paz, diálogo, progreso, etc. Sin embargo, lo que subyace en muchos casos es una perversión de estos conceptos que no se corresponde con el significado auténtico de los mismos.
Asistimos hoy en todos los ámbitos a una lucha entre el Bien y el mal (no me gusta escribir este último con mayúsculas para no darle más poder). Y no me refiero exactamente a una pugna directa entre
Hay catequesis del Bien y del mal, pero de esta última abundan últimamente los profesores que brotan como setas en otoño que estamos.
Fuerza y Honor.
jueves, 27 de agosto de 2009
Las llaves del coche (una historia real)
Nunca he creído en la bondad de los españoles, aun cuando yo sea uno de ellos pues somos un pueblo que no suele caracterizarse por el amor al prójimo. Sin embargo, la historia que cuento y que me aconteció el año pasado me sirvió para reflexionar y llegar a la conclusión de que las gentes buenas existen y que hemos venido a este mundo para ayudar.
Había bajado a dejar unas cosas en el viejo Peugeot de mis padres (q.e.p.d) que todavía uso y conservo, y que se hallaba aparcado en una calle cerca de mi casa. Cuando me disponía a abrirlo, oí una voz desde las alturas que no correspondía a ninguna entidad celestial aparentemente:
— ¡Oiga, jefe! ¿Me puede subir este interruptor que se me ha caído?
Eran unos operarios que trabajaban en el arreglo de la antena de una vetusta casa situada justo donde tenía aparcado el coche. Cogí el interruptor y lo até a un cable que colgaba, subiéndolo ellos después. Me dieron las gracias y me dispuse a entrar en el vehículo.
— ¿Ha perdido usted unas llaves de coche? Yo las tengo.
Sin yo saberlo, se había creado un círculo de circunstancias mutuas en el que se ve al final la mano del Cielo. Probablemente si no hubiera ayudado a ese hombre, no se me habrían caído, pero entonces no habría aprendido la lección.
“Dad y se os dará”, una verdad irrefutable.
(Gracias también a San Antonio, al que recé para que me las encontrara, y que hasta ahora no me ha fallado nunca).