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miércoles, 22 de mayo de 2013

El día de Santa Rita


Veintidós de mayo, festividad de Santa Rita, abogada de lo imposible. El día de hoy es para este cronista iconoclasta un tanto especial, ya que el colegio al que iba de pequeño se llama precisamente Santa Rita y celebra su fiesta grande el 22 de mayo. La conmemoración era solemne con misa, fiesta, campeonatos deportivos, entrega de premios a los alumnos más destacados (a mí no me dieron ninguno) y demás.

He encontrado precisamente una foto de mi clase de 2º de Bachiller (no LOGSE) que nos hacían por estas fechas y en la cual se puede contemplar en la fila de abajo el cuarto por la derecha, con pantalones cortos, orejas descomunales de soplillo (ya no las tengo así, afortunadamente) y cara de niño bueno (tampoco lo soy). Puede asimismo observarse la estética fashion años 70 style de mis condiscípulos; algunos con corbatita, otros con cara de pasmados y todos, en general con ese aire de inocencia del que carecen la mayor parte de las generaciones de hoy día, enfrascados en batallas galácticas con la Play Station y enganchados al teléfono móvil; hoy son más listos —no el sentido académico— y más maliciosos que los de nuestra época.

Photobucket
Y siendo hoy Santa Rita, pues qué le voy a pedir: un imposible, por lo menos tal y como está hoy la situación. Que se jubile ZP no, porque eso no se le pide a un santo; simplemente que este mapa que se expone a continuación siga así como está y como lo he puesto: de una pieza y sin autonomías, si es posible. Abrazos para todos y besos para todas.
autonomiasno.gif picture by ttesk

domingo, 3 de marzo de 2013

Mira, López


En aquellos tiempos lejanos de la niñez daba largos paseos con mi abuelo por las calles de Madrid. Mientras dábamos aquellas grandes caminatas que llegaban hasta la puesta de sol me contaba cosas de la ciudad, de su vida y de la vida: “Mira, aquí hay una tienda de sombreros, que antes fue una cacharrería ¡Leche, pero si ahora es un banco!”; “Hay que creer en Dios, pero no en los curas”; “El día que se muera uno que yo sé, me voy a fumar un puro” y otras mil frases que recuerdo a veces ya con dificultad y que entonces apenas acertaba a comprender en muchos casos. Sí puedo decir que cuando se murió el interesado, no se fumó el puro sino que derramó incluso unas lágrimas y musitó “Pobre hombre”.

Pero si hay unas palabras que no se me han olvidado son aquellas que mi abuelo pronunciaba cuando se encontraba a un amigo o conocido: “Mira, López (o quien fuera) te presento al futuro presidente de la República Española”. Aquello me gustaba porque eso de ser presidente ya suponía yo que no debía estar mal pero…la República ¿Qué era eso? Sólo me sonaba a cosas de romanos que había estudiado en el colegio, porque entonces se estudiaba la historia de Roma, asunto éste en el que ahora tengo mis dudas. La confusión sobre tal término se acrecentó con el tiempo, porque en clase un día nos dijeron que España era una Monarquía a lo que un compañero respondió hábilmente “¿Cómo vamos a ser una Monarquía si aquí no hay rey?”. El profesor o cura se deshizo en divagaciones mil y así quedó la controversia.

Por ese tiempo me enteré de que mi abuelo había estado en la cárcel por ser republicano o “rojo”, cosa que sonaba fatal por entonces, puesto que los términos se confundían. Comoquiera que mi abuelo no tenía nada de lo segundo (entre otras cosas porque era un hombre muy recto y formal, amén de echar pestes de los comunistas a cuentas de la Guerra Civil) deduje que sólo era republicano y más bien de derechas, como así efectivamente resultó. Yo le admiraba y me empezó a sonar bien aquello de la República, porque lo de los reyes además me sonaba un tanto vetusto y eso de una Corte llena de marqueses, condes y señoras enjoyadas alrededor de un tío con una corona (ahora se dice corina, creo) en la cabeza me tiraba para atrás.

Se murió Franco y llegó el Rey a esa Monarquía que decían que éramos. Y ahí sigue, que es el único cargo público designado por el Dictador que todavía anda en activo. Unos hablan bien, otros no tanto, pero lo que sí sabemos es que su persona es inviolable y no está sujeta a control, más o menos como en los tiempos históricos. Dicen que no manda sino que arbitra, pero elogió a Zapatero y no sacó tarjeta roja a los separatistas; incluso firmó el nefasto Estatuto catalán que es una bomba de relojería para la Constitución y la unidad de España; dicen mil rumores sobre su vida privada y, aunque a nadie deben importar las intimidades de otro, se oyen cosas que, de ser ciertas, no son un buen ejemplo para los ciudadanos.

Pero lo que menos me gusta de la Monarquía es su carácter dinástico hereditario y vitalicio. Sin entrar a juzgar al futuro heredero, no es de recibo en una sociedad moderna que la Jefatura del Estado se transmita por el escaso modo democrático de la línea sucesoria, dejándolo todo al azar de las posibles virtudes de aquel que continúe la saga. Ejemplos sobrados a lo largo de la historia lo han demostrado: Carlos II el Hechizado, Fernando VII o Isabel II valdrían.

Un servidor no será presidente de la República como quería su abuelo, porque el reloj inexorable de los años y de las coyunturas hace que sea ya una utopía, pero sí le gustaría que la opción fuera posible para todos y, por supuesto, para sus descendientes. Así, cuando fuera con su hijo por la calle y encontrara a un amigo podría reproducirse, esta vez con visos de posibilidad, aquella vieja conversación de hace más de cuarenta años en una calle de Madrid:

“Mira, López, te presento al futuro presidente de la República Española”.

domingo, 7 de marzo de 2010

¡Churro va!

Jueves, 15 de Ventoso (Día de la cabra).

Los que ya tenemos una cierta edad recordamos aquellos años gloriosos de las dos horas de digestión para poder bañarse y de las meriendas que consumían nuestras tardes de infancia. Meriendas con pan y chocolate que disfrutábamos con pasión y sin temor a las caries ni a la obesidad, pues parece que estos dos sólo fueran males de nuestro tiempo a causa de la supuesta calidad de vida que presuntamente se disfruta. También existirían entonces, pero no salían sesudos señores en la tele avisándonos de los peligros del dulce y amargándonos en consecuencia la vida.

Pero no son estos recuerdos gastronómicos el objeto fundamental de este artículo, sino un entretenimiento que acompañaba esas tardes de pan y chocolate. Se trata de aquel popular juego llamado “Churro va” o también “Churro media manga mangotero” (o manga entera).

Las reglas del juego son bastante conocidas. Dos bandos, uno de “sufridores” y el otro que parte de una situación más ventajosa. La forma de dilucidar este comienzo era generalmente “echar a pies” entre los capitanes de ambos equipos, lo que suscitaba enormes controversias a causa de los numerosos trucos que había en eso de los pies. Los del bando menos agraciado se colocaban agachados en posición de “burro” con la cabeza metida en la entrepierna del precedente y con las manos en las piernas del mismo, formando la fila de la ignominia. A los nervios subyacentes de ser los que recibirían los impactos, se añadía la olorosa posibilidad de que el de delante se tirara un pedo en nuestras narices, pues ése era también el momento que aprovechaban los más perversos y guarros. El primer burro apoyaba sus manos y cabezas sobre un sujeto pasivo que recibía el nombre de “madre” y que se aburría muchísimo por no participar nada más que de Tancredo, además de recibir en su estómago el impacto de la masa saltarina.

Una vez dispuesta la cosa, los miembros del otro equipo al grito de ¡Churro! tomaban carrerilla y se dejaban caer por orden sobre los lomos de los desgraciados que esperaban en la humillante posición antes descrita. El mayor terror era que cayera encima el alumno con problemas de sobrepeso —entonces no solían tener tanto complejo y se les llamaba simplemente “el gordo de la clase”— que siempre jugaba en el equipo contrario y se tiraba el último para ver si los burros caían, con lo cual volvían “a ligarla”. Ya subidos los torturadores sobre los torturados (no podían caerse porque perdían), el cabecilla hacía la pregunta del millón:

"¿Churro, media manga o mangotero?”

Para ello, se tocaba al azar la muñeca, el codo o el hombro (manga entera o mangotero). Uno de los enculados debía acertar la posición. Si así era, se cambiaban los papeles y la venganza estaba servida. Si no, vuelta a sufrir. La madre actuaba de notario para dar fe de la veracidad de la respuesta y evitar trampas.

Un heroico divertimento para tiempos épicos y salvajes donde daba gusto hacer el bestia sin que ninguna mente bienpensante dijera que tenías problemas de adaptación o conducta agresiva. En contra de lo que algunos correctos y melindrosos actuales puedan pensar, nadie se rompió ninguna vértebra, quedó discapacitado o se hernió, por lo menos en los múltiples lances que yo mismo tuve ocasión de jugarlo ni tampoco he tenido noticia de ello.

Ahora los niños luchan virtualmente en juegos electrónicos y consumen así su infancia en sedentarios pasatiempos. que aburrirían a la larga a aquellos guerreros que antaño fuimos y que preferíamos algo más vivo, Quizás porque somos una generación de supervivientes y de ello debemos de enorgullecernos.

martes, 23 de febrero de 2010

Para ti


Miércoles, 4 de Ventoso. Día del aligustre.

Como es el que esto escribe ya no es un mozo, anda cada día más rememorando episodios de su vida prétérita y bucea en los recuerdos de la juventud perdida, que quizás no fue mejor que la época actual pero indudablemente en aquellos tiempos era bastante más guapo que ahora. Después de cavilar un tiempo llega uno a la conclusión de que todos aquellos que vivimos esa etapa gloriosa de principios de los 80 teníamos mucho en común. Una generación rebelde aunque aseadita, donde la estética postmoderna y pseudopunk ocultaba en su interior ideales de libertad que nunca se fueron y vuelven a aflorar en estos tristes tiempos para señalar críticamente los desbarajustes que día tras día se cometen.

Muchos de los miembros de aquella Gran Generación, que anduvimos con nuestra música y nuestros sueños por los sitios de moda de aquel entonces, andamos enfrascados hoy en la pugna contra la progresía demoledora y el cáncer nacionalista que todo lo corroe. Curiosamente la mayoría de los artistas de esa época no engrosan las listas de titiriteros de la ceja, lo cuall dice bastante

En su libro La ciudad que fue, Federico Jiménez Losantos opina que la canción principal de aquella movida madrileña que acabó con el predominio cultura y musical de Barcelona fue el famoso Para ti, mítica canción de amor compuesta por el grupo Paraíso, precursor de La Mode, que también la incluía en sus actuaciones. Un servidor también apoya tal teoría

En realidad, no se sabe muy bien a quien va dirigida la letra, pero en ella se averigua el espíritu de una generación que todavía pervive y se enfrenta con mayor o menor energía al pensamiento único y a toda imposición más o menos encubierta o disfrazada de buen rollito.

Texto

Video

Parafraseando la letra de la inmortal canción, nosotros ya no tenemos quince años y ya no podemos rascarnos la melena pero seguimos viviendo en tiempos asesinos y seguimos siendo generadores nuestros escritos. Seguimos sin soportar los rollos horribles que nos pretenden colar algunos y al frente se abre un horizonte de esperanza donde las Cortes dejen de ser un cine mudo y se olviden las lenguas viperinas y los críticos seniles para los nuevos tiempos donde las ideas de España y Libertad estén en la mente, el corazón y el espíritu de todos.

Para ti queremos otear el paraíso.

jueves, 4 de febrero de 2010

Cinco palabras

En aquellos tiempos de finales de los setenta, las mañanas parecían tener más luz y el aire de las calles invitaba a ser respirado con toda la fuerza de la juventud que dan de los dieciocho años cuando las tentaciones no pueden resistirse: ¿Por qué aguantar toda una mañana en una fría aula de la Universidad cuando afuera reina un mundo maravilloso? Era el momento en que este que os escribe se rascaba pensativo la melena, entonces tan abundante y hoy desaparecida, y desoyendo la voz de la lógica, tan débil a esa edad, se lanzaba frenético a la parada del autobús en busca del Paraíso que entonces residía en las calles del Madrid eterno.

Cualquier excusa valía: ir a ver unos discos de vinilo, una película mañanera con los amigos o lo que fuera, con tal de escapar de la prisión académica y zambullirse en el mundo de la libertad urbana, conjugándose de este modo el gusto por lo nuevo y el placer de infringir las normas. Bendita anarquía la de aquellos tiempos.

Uno de esos días luminosos que nos concede el invierno cuando tiene a bien hacerlo, vagaba sin rumbo fijo cerca del viejo café Comercial. Ya cansado de no encontrar aventuras, el estudiante de nuestra historia decidió sumergirse en las profundidades del Metro para emprender el retorno al hogar, aun cuando le parecía que el juego iba a terminar demasiado pronto. Por eso decidió quedarse un rato más a contemplar a los viandantes y, sobre todo, a los del sexo opuesto.

Antes los ojos de aquel observador comenzaron a desfilar lo que a él le pareció un maravilloso ejército de muchachas cargadas de libros y apuntes, o con la carpeta sobre el pecho con los brazos cruzados por encima como sólo las chicas saben hacerlo. Él era muy tímido entonces y nada decía aunque a más de una le hubiera tirado un requiebro; la belleza se desplegaba con todo su esplendor en la soleada y fría mañana alegrando la vista y el corazón de un joven que empezaba a vivir la vida y quería apurarla antes de tiempo.

Fue entonces cuando una se paró un momento ante el estudiante. Hoy no puede recordar su cara, pero aquel día le pareció salida de un idílico reino de cualquier historia mágica que pudiera imaginarse. Después de mirarle y antes de marcharse, de sus labios sonrientes sólo salieron cinco palabras, que sonaron como una sinfonía celestial:

— ¡Qué ojos tienes! ¡Qué ojazos!

Nunca es posible esperar lo inesperado. El aventurero de la mañana se quedó como un tonto sin poder articular palabra y apenas pudo esbozar rápidamente una sonrisa antes de que ella desapareciera en el bullicio de la multitud como una estrella fugaz que hubiera desafiado a la noche. Una historia de amor o un idilio quizás perdidos, pero que quedan como retazos de alegría en la memoria.

Han pasado más de treinta años pero el protagonista del relato aún conserva los mismos ojos azules que fueran objeto de tan preciada lisonja. Ya andan gastados por el tiempo, pero siguen contemplando el mundo con la esperanza de que en algún sitio no muy lejano sigue aguardando el país de las hadas. Sólo nos queda descubrirlo y darnos cuenta de que nada es imposible.

martes, 26 de enero de 2010

La casa del ratón Pérez



Desdentados andan algunos desde hace tiempo y ya sin remedio, como es el caso del que esto suscribe y de todos aquellos que cometieron excesos con los dulces y defectos en las visitas al dentista. Tiempos atrás no pasaba, sin embargo, esta oral tragedia pues ya se encargaba el ratón Pérez de suplir las caídas dentarias a la par que obsequiaba a los infantes con una moneda con que sufragar los pequeños gastos de esa edad. Otra ilusión más de los primeros años que el paso del tiempo va difuminando en pos de la realidad, tan cruel como inexorable.

Pero ocurre que a veces los cuentos se hacen realidad, para gozo del espíritu y de la magia infantil que todos llevamos dentro. Así le ocurrió a este cronista, que andando un día por la madrileña calle del Arenal, cerca de la Puerta del Sol, se topó con una placa conmemorativa a la altura del número ocho de la misma. En la inscripción puede leerse que allí vivía dentro de una caja de galletas el Ratón Pérez.

La explicación está en que nuestro personaje es el protagonista de un cuento que escribiera el jesuita Padre Coloma para obsequiar al entonces rey niño Alfonso XIII (mal número) cuando cumplió ocho años y se le cayó un diente. La historia lo describe como un ratón muy pequeño, con sombrero de paja, lentes de oro, zapatos de lienzo y una cartera roja, colocada a la espalda, que vivía dentro de una gran caja de galletas, en el almacén de la entonces famosa confitería Prast, sita en el descrito lugar tal y como se cita en la placa. En el pasaje comercial que hay en la finca se encuentra asimismo una pequeña estatua que retrata al ratoncito de acuerdo con la descripción del cuento.

Existen muchas variantes en todos los países sobre la historia del simpático roedor que se lleva los dientes depositados bajo la almohada, pero resulta entrañable como pocas esta versión española. Para los que seguimos teniendo hijos pequeños que esperan ansiosamente la llegada del ratón cuando procede, los lugares, los textos y las imágenes de esta leyenda nos permite reafirmarnos en la convicción de que en algún lugar de nuestro corazón seguimos siendo un niño al que volvemos cuando celebramos estas tradiciones. Que ese niño perdure siempre.





miércoles, 13 de enero de 2010

Los viejos blogueros nunca mueren

Decía una canción que los viejos rockeros nunca mueren, pues su persona puede desaparecer del mundo físico, más no su música, espíritu y esencia. Cabe suponer que lo mismo debe ocurrir a estas gentes variopintas que pueblan la blogosfera y entre las cuales tenemos el honor de figurar. Podrá nuestra materia emprender el último viaje, pero los escritos permanecen para corroborar lo que uno fue y la impronta que dejó.

Un 14 de enero del año 2007 nos enteramos en los blogs de Libertad Digital del fallecimiento de nuestro compañero yokito, tras varios meses de extraña inactividad que a muchos hacía sospechar nada bueno. Desgraciadamente, los temores se confirmaron y la sombra de la muerte se extendió sobre este espacio por primera vez, y quiera Dios que pasen muchos años hasta que volvamos a encontrarnos en situación similar.

Este post a modo de obituario va dedicado a la memoria del compañero muerto, no sólo como recuerdo para aquellos que le conocimos virtualmente y hablamos con él a través del ciberespacio, sino también para que todo el que lea este post sepa que un día anduvo por la Red un sevillano genial, dotado de una maestría especial para los videos y de una prosa entre cabreada y humorística como pocas se recuerdan. Se puede todavía ver su blog en el engorroso listado de ese sitio, ya que al final del mismo hay un buscador por nombre de usuario que nos permite encontrarlo. Entristece verlo vacío de fotos y videos pues, como dijo en aquella ocasión vez el gran Persio: “Morimos y la página queda sin actualizar”.

Queda la esperanza de que, en las regiones celestiales, el Sumo Hacedor haya dispuesto un hosting para alojar los espíritus blogueros, pues en la casa del Padre hay muchas moradas, y alguna tiene que ser para aquellos que deleitaron o enojaron con su teclado a amigos y adversarios. Un servidor al menos así lo cree.

La vida pasa, pero lo eterno permanece. Va por ti, yokito.

viernes, 1 de enero de 2010

Otra vez en la puerta del Sol


La noche de San Silvestre pasó y el viejo año dio como siempre sus últimos coletazos en un maremágnum de uvas, champaña y juerga más o menos fingida. Volvieron por un momento los recuerdos de los seres queridos que se fueron, las promesas de cambiar que nunca se cumplen y las esperanzas de que cualquier tiempo futuro sea mejor, mientras otra vez en la puerta del Sol volvía a bajar la vieja bola dorada al tiempo que las uvas se atragantaban en los gañotes inexpertos que todavía no han aprendido a llevar el ritmo de las campanadas. Ya no hay marineros ni soldados, como en los tiempos de la canción de Mecano pero la magia del viejo reloj sigue desafiando imperturbable al tiempo.

Gran razón tenían los hermanos Cano y Ana Torroja cuando decían que era el único momento en que todos los españolitos hacían por una vez algo a la vez. Y digo “tenían” porque, desgraciadamente, ya ni siquiera se cumple esta tradición pues en los últimos años podemos observar como se despide el año desde los lugares más variopintos: la torre de la iglesia de Sant Cucufat dels Pallerols, la basílica de Etxanolarraingoitia e incluso la ermita de San Críspulo Anacoreta, tan empinada en la montaña que hubo que retrasmitir las campanadas desde un helicóptero. Pero todo sea en aras de esta diversidad mal entendida y absurda que tanto gusta a separatistas, regionalistas varios y demás individuos que gustan de mirarse el ombligo con tanta profusión que acabarán herniándose.

Sinceramente, a la inmensa mayoría de españoles, sean de izquierdas o de derechas, altos o bajos, guapos o feos, les importa un pimiento donde escuchen las campanadas toda esa fauna moderna. Nuestro reloj es el de siempre, el de la antigua Casa de Correos que todos recordamos como una institución en estas fechas y donde, año tras año se renueva la tradición que nunca ha de morir, dicho sea con permiso de los apocalípticos del cambio climático y de los puñeteros profetas de tres al cuarto que cada año predicen el fin del mundo para el siguiente (aunque nunca aciertan, que Dios es sabio y no les dará ese gusto).

También pareciera hoy que fuéramos a comenzar una nueva vida. Craso error, la Nochevieja no es más que eso, otra noche más que, por azares del calendario se ha convertido en límite de una etapa porque, en mi opinión, el año “real” u “oficial” comienza en Septiembre, cuando se cierra el ciclo de descanso estival y comienza realmente todas las actividades académicas, empresariales, comerciales, etc. No obstante, el tiempo parece haberse puesto de acuerdo para que hoy sea la frontera y se abra una brecha ente lo viejo y lo nuevo.

Pero no voy a ser yo quien quiebre las tradiciones, pues para eso ya están las gentes políticamente correctas, que probablemente cambiarán en un futuro esta fecha por la del año nuevo musulmán, con toda probabilidad bastante más aburrida en festejos. Es por ello que os deseo un Feliz Año Nuevo que os sea venturoso en todos los aspectos, y esperemos que éste 2010 marque el comienzo del fin político de un conocido personaje conocido por sus múltiples errores, y cuyo principal mérito ha sido —como bien dijo mi amigo y bloguero Cualquie, que a la sazón es primo mío— convertirnos a muchos en periodistas aficionados.

Feliz 2010.

viernes, 18 de diciembre de 2009

Que vivan los Reyes Magos



Llegan las fiestas navideñas y con ellas la tradición de los regalos. Cuando los que aquí escribimos éramos niños —salvo quizás alguno más joven— los juguetes los traían siempre los Reyes Magos, mientras que el advenedizo personaje vestido de rojo (no podía ser menos) y que agita la campanilla como si estuviera llamando al rancho no era más que una figurita de adorno de las que se colocaban en el árbol entre bolas y guirnaldas.



Pero los tiempos cambian y el marketing que todo lo puede va acomodando tradiciones y creando otras nuevas que nunca estuvieron en la esencia española, salvo en algunos hogares en los que el Niño Jesús ponía algún regalito a los más pequeños de la casa.


Se plantea entonces una disyuntiva problemática. Los padres luchamos por mantener la tradición, pero a los niños les meten en la cabeza al tío de la campanilla y de las risotadas, (que no deja de ser sino una deformación anglosajona de la figura del venerable San Nicolás, santo varón de la Iglesia) pero a ver quien le dice al infante que en esta casa no viene Papá Noel, porque no es bien recibido.


Mientras tanto, los pobres Magos de Oriente van perdiendo adeptos, porque los muchachos prefieren disfrutar antes de los juguetes y no al final de las vacaciones. Inclusive muchos seguidores de la progresía parecen preferir esta figura más aparentemente laica —aunque en realidad no sea así, como ya hemos visto— que a aquellos que llevaron presentes al niño Dios, que eso viene en la Biblia y es más correcto ser aconfesionales. Se olvida que gracias a los Reyes Magos las vacaciones de Navidad duran más que en otros sitios y que asimismo nos traen el maravilloso roscón, delicia del paladar y clásica costumbre española.


Un servidor lo tiene bastante claro. Cuando los hijos sean mayores y sepan de qué va el tema se acabó Papá Noel. Sólo vendrán los Reyes, como siempre ha sido y debiera de ser.


Feliz Navidad a todos.



domingo, 13 de diciembre de 2009

Treinta años es poco

Como en otras ocasiones, anduvo anoche el escribano errante de este rincón de la blogosfera en una cena con sus compañeros de colegio de épocas pretéritas, tan vetustas que se pierden en la noche de los tiempos modernos, en esa oscuridad de los recuerdos que de vez en cuando se ilumina brevemente para apuntar un destello de los buenos momentos vividos. No es la primera vez que esta reunión acontece, pues ya son cuatro años quedando para cenar, e incluso a veces hay alguna cita para desayunar un roscón el día de Nochevieja por la mañana, que también es un modo de adelantar la llegada del nuevo año que se aproxima.

La primera reunión que hubo tras el contacto —establecido gracias a las páginas de búsqueda de antiguos amigos que existen en la Red— hizo el pequeño milagro de volvernos a ver después de treinta años. La impresión es de haberse transportado a otro mundo quizás distinto, quizás mejor, porqué no decirlo. Habíamos quedado en la puerta de uno de aquellos cines de barrio que pisamos en nuestra mocedad entre aromas de chicle americano y cáscaras de pipas y que los azares del destino han querido que ahora sea un salón de bodas.

Las sensaciones son curiosas y cambiantes en esta tesitura. Compañeros que se reconocen inmediatamente nada más verles, como si nada hubiera cambiado; a otros, en cambio, hay que preguntarles aquello tan manido de “¿Y tú quien eres?” Es entonces cuando el interlocutor dice un apellido —la clásica forma de llamar a los condiscípulos en el colegio— y nuestro código descifra su identidad y la compara con una imagen juvenil que anida en un dormido rincón de las neuronas.

Dice la letra del tango que veinte años no es nada. Poco más son tampoco treinta, y aquellos muchachos, hoy canosos y en las puertas del otoño de la vida, se siguen llamando y comportando en sus encuentros como los inocentes escolares que habitaron aquellas aulas de los años setenta, entre albores de libertad y comienzos de amores, desamores y experiencias.

Mucho hemos cambiado o, a lo mejor, no. Pero los que anoche se reunieron tienen en su interior la certeza de que el tiempo se detuvo en un reloj de pared y las pesas inmóviles de antaño anunciaron que, a veces, cualquier tiempo pasado fue mejor.

martes, 8 de diciembre de 2009

No hay quien lo mueva

En esta vorágine de laicismo radical que nos invade y que amenaza a todo aquello que suene a religioso o simplemente espiritual —mientras no sea islámico— viene a la mente del que esto escribe un pequeño suceso que le aconteció hace años. Andaba el hecho dormido en los desvanes del recuerdo, y ha sido precisamente los sucesos últimos acaecidos en España los que han traído de nuevo al presente esta historia y la moraleja que un servidor extrae de la misma.

Para ello hay que retrotraerse a principios de los años noventa. Despacho lóbrego y frío de una institución hospitalaria. El Doctor Salfumán —“alter ego” del imperial escribano que habita en este rincón de la blogosfera— conversaba con un médico de ideología comunista bastante radical, rojo como el puño de Lenin, y que con mucha probabilidad hoy andará alojado en la progresía rampante o en sus aledaños.

El motivo de la conversación ni se recuerda, pero sí que el galeno bolchevique reparó en un crucifijo que adornaba la estancia, como era normal en aquellos tiempos, aunque ya intentos había de enviarlos al ostracismo. Intentando hacer una gracia que no tenía ni pizca de la misma se acercó a la pared mientras me decía:

— ¡Un crucifijo! A ver si le puedo dar la vuelta.

Pretendía de este modo emular el signo de los satánicos y dejar a Cristo en no muy buena posición. Recuerdo que aquello no me agradó, aun cuando nunca haya sido un cristiano al uso sino un creyente librepensador, y así se lo hice saber:

— Deja el crucifijo, que no hace nada malo.

Estas palabras no le detuvieron y prosiguió camino de su “hazaña”. Entonces ocurrió lo que a un servidor se le antoja todavía un pequeño milagro: el crucifijo estaba clavado a la pared por varios sitios y aunque el hereje del fonendo intentó moverlo, no pudo lograr su maléfico cometido.

— Cago en…. Está clavado. No hay quien lo mueva.

La consecuencia que se extrae de la historia es bien sencilla, pero podría resumirse en una cita de Yoda, maestro de los Jedis. “El lado Oscuro no es más fuerte. Es más fácil, más rápido, pero no más fuerte”.

Se podrán hacer todos los intentos para acabar con Dios, mas ninguno tendrá éxito a largo plazo. El Bien siempre triunfa aunque tarde en manifestarse la victoria, y ello es lo que debe animarnos en estos oscuros tiempos.

Fuerza y Honor.

domingo, 18 de octubre de 2009

Catecúmenos

Mañana, como todos los lunes, llevaré a mi hijo el pequeño a su reunión semanal de la catequesis. Da gusto ver entrar a los muchachos con su librito bajo el brazo y subir alegres las escaleras de la iglesia como el que va a una fiesta. Él me lo dice que se lo pasa muy bien y que le gusta mucho, aunque supongo que también influye en eso el que van casi todos sus amigos, pero cualquier motivo es bueno para que los hijos se acerquen a Dios, que luego ya tomarán ellos el camino que estimen conveniente según sus creencias.

El bien puede aprenderse, como es el caso que relato. Los ejemplos y las enseñanzas de otros pueden inculcarnos unos valores éticos, morales y religiosos que están dentro de la órbita de lo que podríamos llamar bueno. Pero desgraciadamente, también se puede aprender el mal, y el temario de esa peligrosa asignatura es bastante más subrepticio y subliminal. Un amigo mío dice —y razón no le falta—que una de las artes del diablo es convencer a la gente de que no existe y así pasar desapercibido. Por eso, las enseñanza maléficas suelen disfrazarse de buenos propósitos: igualdad, paz, diálogo, progreso, etc. Sin embargo, lo que subyace en muchos casos es una perversión de estos conceptos que no se corresponde con el significado auténtico de los mismos.

Asistimos hoy en todos los ámbitos a una lucha entre el Bien y el mal (no me gusta escribir este último con mayúsculas para no darle más poder). Y no me refiero exactamente a una pugna directa entre la Luz y las tinieblas, que todo pudiera ser, sino a la confrontación entre unos valores e ideas —que pueden tener sus fallos, porque nada es perfecto en esta tierra— y una posición contraria que se basa en negar las anteriores porque sí, sin dar razones y argumentos de validez, lo cual lleva a pensar que su objetivo último es la destrucción de los primeros. Y destruir no es bueno, sino que lo adecuado es construir. Quizás hay que demoler los restos de una casa vieja y ruinosa, pero no tiene sentido derribar una casa en buen estado simplemente porque no gusta para crear otra probablemente peor. ¿No será mejor arreglar la casa en buen estado que tirarla? Es bastante más fácil, más barato y menos dramático. Las reformas siempre son mejores que las rupturas, y si la casa es España, más a mi favor.

Hay catequesis del Bien y del mal, pero de esta última abundan últimamente los profesores que brotan como setas en otoño que estamos.

Fuerza y Honor.

jueves, 27 de agosto de 2009

Las llaves del coche (una historia real)











Nunca he creído en la bondad de los españoles, aun cuando yo sea uno de ellos pues somos un pueblo que no suele caracterizarse por el amor al prójimo. Sin embargo, la historia que cuento y que me aconteció el año pasado me sirvió para reflexionar y llegar a la conclusión de que las gentes buenas existen y que hemos venido a este mundo para ayudar.

Había bajado a dejar unas cosas en el viejo Peugeot de mis padres (q.e.p.d) que todavía uso y conservo, y que se hallaba aparcado en una calle cerca de mi casa. Cuando me disponía a abrirlo, oí una voz desde las alturas que no correspondía a ninguna entidad celestial aparentemente:

— ¡Oiga, jefe! ¿Me puede subir este interruptor que se me ha caído?

Eran unos operarios que trabajaban en el arreglo de la antena de una vetusta casa situada justo donde tenía aparcado el coche. Cogí el interruptor y lo até a un cable que colgaba, subiéndolo ellos después. Me dieron las gracias y me dispuse a entrar en el vehículo.

Es entonces cuando me di cuenta que no tenía las llaves, lo que me resultó extraño porque recordaba haberlas cogido antes de salir de mi domicilio. Regresé a casa pensando que me las habría dejado encima de la mesa o algo así, pero nada. Busqué y rebusqué y como siempre en estos casos de desesperación, nunca se encuentra. Menos mal que dispongo de un duplicado que tomé apresuradamente y volví a bajar.

Escudriñé los escasos 100 metros que me separaban del coche andando de forma cheposa y vigilante. Nada. Volví donde estaba el coche. Nada tampoco. La mente, que es muy buena si se sabe usar bien, pero una hija de mala madre si no se la educa correctamente ya empezó a elucubrar:”Te las han quitado; seguro que alguno que pasaba por allí te las birló mientras hablabas con los currantes. Eso te pasa por ser servicial, etc., etc., etc.” Es curioso comprobar como nuestro ego siempre piensa en lo peor y como retuerce el problema mil vueltas para dejarte un mensaje negativo. Al fin y al cabo, el ego no es más que nuestro pequeño yo que se cree separado de todo y de todos, incluso de Dios, que no sería más que un señor lejano sentado en un trono y con un triángulo en la cabeza al que hay que pedirle cosas y enfadarse con él si no te las concede.

Confuso y nervioso, arranqué el vehículo y me lo lleve al otro extremo del barrio para que el presunto sustractor no supiera donde estaba. Cogí tambien la documentación, que ya dicen que es una de las primeras cosas que choricean para falsificarlas. Todo un cúmulo de precauciones que muchas veces pasan de la frontera de la prudencia para adentrarse en el territorio de la neurosis.

Aceptando por fin la situación (no resignándome, que es muy distinto e implica derrota) decidí olvidarme del tema y ver si me podrían fabricar otro duplicado. Al día siguiente, mientras iba con mi señora a hacer unas compras, pasé por el bar que hay debajo de casa y le dije “Voy a comprar tabaco un momento”. Nada más traspasar el umbral de la puerta un hombre se me quedó mirando fijo y se dirigió había mí decididamente. Como no debo dinero a nadie, salvo a los bancos, me quedé perplejo. Es entonces cuando pronunció las palabras en las que resume el fin de la historia:

— ¿Ha perdido usted unas llaves de coche? Yo las tengo.

Era el currante al que yo había ayudado a subirle aquella pieza que se le había caído del tejado, y que me había reconocido. Había encontrado las llaves en el suelo nada más bajar.

Sin yo saberlo, se había creado un círculo de circunstancias mutuas en el que se ve al final la mano del Cielo. Probablemente si no hubiera ayudado a ese hombre, no se me habrían caído, pero entonces no habría aprendido la lección.

“Dad y se os dará”, una verdad irrefutable.

(Gracias también a San Antonio, al que recé para que me las encontrara, y que hasta ahora no me ha fallado nunca).