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sábado, 2 de marzo de 2013

La ignorancia es atrevida


Personalmente y, aunque pueda parecer que uno va de sobrado, el que esto escribe ha de confesar que le repatean una gran cantidad de sus compatriotas pues, aunque España sea una gran Nación, muchos de sus habitantes dejan bastante que desear. En este breve opúsculo se intentará explicar las razones que sustentan tal opinión.
A lo largo de los siglos, grandes pensadores han llegado a la conclusión de que los pecados capitales fundamentales de los españoles son la envidia y la soberbia, que tienen sus raíces más profundas en la ignorancia que arrastramos de modo secular. No se debe confundir, a este respecto, dicha ignorancia con la falta de estudios; hay doctores y licenciados que son unos patanes y gente sin estudios con una sabiduría excepcional.
Es frecuente que el paisano común tenga envidia de otro por las razones más nimias: porque es más alto, porque tiene las cejas ganchudas, porque se ha comprado un coche nuevo o porque se ha arreglado el piso por la módica cantidad de 42 millones de pesetas (tales cifras son desconocidas en euros por el autor). Sin embargo, si el envidioso fuera menos ignorante intuiría que no es necesario envidiar a otros, puesto que todos tenemos cosas, bienes materiales y virtudes, y hemos de estar agradecidos por ello y centrarnos en lo que tenemos más que pensar en lo que se carece. Cualquier indígena de los países subdesarrollados sería feliz con la décima parte de lo que posee o tiene un españolito corriente pero aquí siempre nos buscamos metas más altas y nos fijamos en quien las tienen, odiándoles por ello. ¿Hace falta ser más estúpido?
En cuanto a la soberbia, basta ir a una reunión de vecinos, esa aberrante institución que debería estar prohibida por estrictas razones de Salud Pública e higiene mental de la población. Allí se puede comprobar como los más mediocres hacen alarde de su indigencia intelectual precisamente presumiendo de lo que carecen. No es raro encontrarse expertos en las más variadas materias: Electricidad, mecánica, fontanería, Economía, Arquitectura, Contabilidad, Derecho, etc. De todo dogmatizan y todo conocen, pero todo lo ignoran. ¿Razón? La soberbia, que nace de la ignorancia. No saben nada, pero necesitan destacar como sea y ser superiores al resto.
De ahí la gran verdad que encierra la frase del título: La ignorancia es atrevida.
Lo mismo ocurre con la política. Una gran parte de la sociedad, a la que generosamente solo se puede catalogar como populacho, está absolutamente indocumentada, y sus únicas fuentes de información son los amiguetes, algún periódico gratuito y el programa televisivo basura de turno. Con tal elevado bagaje de conocimientos, el atrevimiento de algunos les lleva a pensar que ya lo saben todo y se dedican a pontificar sobre el tema. Cuando alguien les hace ver con argumentos sólidos los errores de su actitud y/o de sus teorías, en seguida sienten envidia del mismo y suplen su ignorancia para contestar con denuestos o insultos hacia el anterior.
Por algo se dijo que la democracia es el menos malo de los sistemas posibles. Estos individuos antes descritos también tienen derecho al voto.
Fuerza y Honor.

sábado, 24 de noviembre de 2012

Carabanchel






Carabanchel, el corazón del suroeste capitalino y uno de los barrios más castizos e históricos de Madrid, se extiende desde las riberas del Manzanares hasta los confines de la Villa lindando con el municipio de Leganés. Tuvo el barrio entre sus vecinos más ilustres a don Francisco de Goya que vivió en los parajes ya denominados en su tiempo como Quinta del Sordo, pues existió un sordo anterior al que el pintor compró la casa.  


Goya retrató a Carabanchel en alguno de sus lienzos rememorando las conocidas fiestas que se celebran todavía en la pradera que durante el Medievo ocuparon las tierras de Iván de Vargas; campos de labor entonces a cuyo cargo estaba el santo varón San isidro, que las cultivaba con amor y también con la ayuda de los ángeles a la par que hacía milagros por doquiera que iba. La Ermita del Santo, también inmortalizada por el genio aragonés,  se yergue aún majestuosa en lo alto de la colina que domina el  Manzanares como un atisbo del cielo, que ya se ve más cercano.  Por encima del río y un poco más allá, el histórico puente de Toledo, construido por Pedro de Ribera y de estilo barroco churrigueresco, por el que paseaban chulapos y modistillas en eternos requiebros y amorosas disputas, une Carabanchel con el centro de la ciudad. Y en la otra orilla, más allá del río pequeño, el estadio Vicente Calderón donde el club Atlético de Madrid proporciona tardes de gloria y también de sufrimiento a sus seguidores, seguramente los mejores hinchas del mundo pues tal es la pasión por sus colores que son dignos de admiración y homenaje aun cuando no se comulgue con su colchonero credo.

A mediados del XIX, Carabanchel era una zona elegante donde los nobles y gentes con posibles tenían sus casas y fincas para descanso y solaz. Destacaban entre todas la propiedad que perteneció a la familia de Eugenia de Montijo —prácticamente desaparecida— y, sobre todo, la inmensa finca de Vistalegre, casi del tamaño del Retiro, que fue primero de la Casa Real y luego del Marqués de Salamanca. Es un conjunto de palacios y jardines aún existentes aunque muy deteriorados, pero que reflejan todavía el esplendor de su pasada gloria (actualmente se están restaurando algunas de sus zonas). De ella tomó el nombre la famosa plaza de toros cercana, aquellos “toros de Carabanchel” de las zarzuelas, que hoy  reconstruida y convertida en Palacio de Vistalegre alterna el arte de Cúchares con los conciertos de música moderna y los mítines políticos.

“¿Y si a mí no me diera la gana
de que fueras del brazo con él?
Pues me iría con él de verbena
y a los toros de Carabanchel.”

En lo que fue la antigua carretera que subía de Carabanchel Bajo a Carabanchel Alto llama la atención una puerta o fachada con marquesina del mejor estilo art nouveau que da entrada a la Colonia de la Prensa, la primera ciudad residencial para periodistas que hubo en España y de la que sobreviven todavía treinta o cuarenta chalets u hotelitos modernistas que merecen una visita si se pasa por allí. Calles tranquilas y recoletas con magnificas construcciones y jardines que conservan restos y rincones que forman parte de la memoria colectiva de los madrileños.

Ahora, en Carabanchel ya no hay ricos ni emperatrices de Francia, aunque algún periodista queda y quedará. Es un distrito donde viven clases medias y trabajadoras, de esas del común pero que tienen el mérito de haber levantado España en su día. Algo de mala fama le vino al barrio por ubicarse allí desde la posguerra hasta 1999 la tristemente célebre Prisión Provincial, pero en cuyo emplazamiento nada tuvieron que ver los vecinos, que solían decir a modo de defensa “Yo vivo en Carabanchel, pero fuera”. Ya fue derribada y en su lugar queda un inmenso solar a la espera de destino.

Y, sin embargo, y a pesar de su historia, los carabancheleros son “de clase baja”, o eso le ha espetado una diputada socialista al consejero y Portavoz de la Comunidad de Madrid, Salvador Victoria, oriundo del barrio, que ha respondido admitiendo "con orgullo" ser "de clase baja, de Carabanchel y a mucha honra". Como debe ser.


La desafortunada intervención ha generado un montón de mensajes en Twitter que bajo la etiqueta o hashtag #orgullocarabanchelero colocan a la prócer en su sitio. Y es que a estos progres se les ve el plumero, pues muchos viven —o se van a vivir en cuanto pueden— a las mejores zonas, porque la clase obrera es la que va al paraíso pero ellos se buscan rápido el Edén en este mundo, por si las moscas. Viva la lucha de clases, sí señor

Pero, sobre todo, Viva Carabanchel.


martes, 29 de marzo de 2011

Demagogia

Llega la primavera a este blog y como se dice que la sangre altera, a este bloguero se le ha alterado el intelecto y ha empezado a elucubrar. Por eso, trae hoy a cuento este “conceto” que todo el mundo usa para desprestigiar al contrario, pero que casi nadie sabe lo que es. Así, cuando un adversario, por ejemplo, pregunta la hora, es muy fácil contestarle: “No hagas demagogia”. A un servidor eso de la demagogia le suena a antropofagia, aerofagia, zoofilia o similar, pero parece ser que por ahí no va el tema.

Teóricamente, la demagogia es apelar a las emociones de la plebe para ganar sus favores, lo cual es una obviedad. Todo el mundo sabe que hacerle la pelota al pueblo queda muy bien y gana votos, según lo cual todos los políticos serían demagogos, lo que evidencia que este concepto es un absurdo en sí mismo. El ser humano vive de sensaciones agradables y desagradables y, desde luego, prefiere las primeras —salvo los masoquistas— por lo que a todos nos gusta que nos regalen los oídos escuchando lo que queremos escuchar.

Los eruditos (que son los erudos cuando son pequeños) distinguen varias formas de demagogia. Veamos algunas.

1) La falacia o sofisma. Es un razonamiento malo que parece bueno. Por ejemplo, el que es progresista cree que se halla en el camino correcto, porque asume que el progreso siempre es bueno, mientras que el conservador o cualquiera que quiera preservar una serie de valores sería una especie de monstruo casposo y rancio (de hecho, así nos llaman).

Un sofisma muy utilizado es el argumentum ad populum, según el cual el pueblo es sabio y no se equivoca (“es lo que quiere el pueblo”). Hace siete años, una gran parte de ese cúmulo de sabios decidió que Zapatero era el mejor. Hoy, nadie lo cree (bueno, salvo Zapatero).

2) La manipulación de los significados, que conduce al relativismo. Nada es como se dice, sino como queremos. Así cuando queremos contentar a los separatistas, decimos que la nación española es un “concepto discutido y discutible”.

3) La redefinición del lenguaje, muy orwelliana ella. Se elimina palabras incómodas o políticamente incorrectas sustituyéndolas por otras más modernas y del gusto del sistema (la “guerra de Libia” no es una guerra: es el cumplimiento de una resolución de la ONU o, simplemente es “la crisis de Libia”):

4) El jugar al despiste, lo que se plasma en el conocido diálogo:

¿Dónde vas?

Manzanas traigo.

Una variante muy utilizada del despiste en círculos políticos es la demagogia numérica (o estadística fuera de contexto). Esta táctica es usada por algunos tertulianos y políticos progres cuando se les recuerda la crisis económica. Automáticamente comienzan a desgranar un rosario de cifras macroeconómicas incomprensibles para que nadie se entere, pero que dan una sensación de solidez en los argumentos indefendibles que sostienen.

5) La demonización del contrario. Aquí no hace falta explicar nada, porque todos ya sabemos lo que es y hemos sufrido las iras, críticas y reproches de amigos, familiares y conocidos que nos tachan de radicales, fachas y otras lindezas.

6) La dicotomía o falso dilema. Es el clásico “o estás conmigo o estás contra mí”, y si estás contra mí, eres malo (vuelta a la demonización) También muy conocido.

Durante estos siete años, la izquierda ha usado estos argumentos. Perderán ahora, pero los seguirán usando. Es su naturaleza.

viernes, 11 de febrero de 2011

Cuando la vida depende de un mosquito

Jueves, 21 de Pluvioso del año CCXIX. Jour de thlaspi (planta también conocida como zurrón boliviano y que nada tiene que ver con el del jersey).


Todos aquellos que se dedican —o que en su día nos dedicamos— a esa noble profesión que es la Sanidad, sabemos del valor principal que es la vida. Su importancia es primordial y ello hace que se sitúe por encima de cualquier otra cosa, lo que implica que haya que sacrificar a veces otras vidas, aunque suene duro. Nadie se plantea que hay que matar (o que otros maten) para poder comer, pues incluso la dieta vegetariana implica sacrificar plantas. De hecho, el león se zampa una jirafa sin sentir el más mínimo remordimiento y el pez grande se come al chico tan ricamente y sin pensar que algún día puede terminar él mismo formando parte de la zarzuela (de la zarzuela de pescado, obviamente), pues los animales viven en el presente y no se cuestionan su destino, ni como terminarán, ni a quien se comerán.


Cuando combatimos una infección, no nos paramos a pensar que el antibiótico que nos salva está destruyendo millones de pequeñas formas de vida microscópica pues la elección es clara: o los bichitos o nosotros. Sin embargo, y aunque parezca pasmoso, existen personas que empiezan a cuestionar en algunos casos la supervivencia del ser humano en aras del ecologismo extremo y mal entendido (los ecolojetas, vaya).


El dengue es una enfermedad producida por un virus que mata a miles de personas al año en todo el mundo, principalmente en las zonas tropicales de América y África. El virus se transmite por la picadura del mosquito Aedes aegypti, que asimismo trasmite el virus de la fiebre amarilla. Recientemente, un grupo internacional de científicos estableció una línea de investigación para acabar con el insecto y así con estas enfermedades, pero han tenido que dar marcha atrás en su proyecto.


http://findesemana.libertaddigital.com/el-dengue-debe-esperar-1276238545.html


El experimento consistía en liberar al medio una variedad de Aedes aegypti modificada genéticamente para producir una progenie defectuosa que muere pronto. De este modo, las sucesivas mezclas de mosquitos sanos y enfermos originarían crías con escasas posibilidades de supervivencia y se conseguiría hipotéticamente la erradicación del insecto al cabo de un tiempo.


Pero llegaron los de siempre y pusieron el grito en el cielo. Eliminar un bichejo de la faz de la tierra, aunque sea perjudicial, para salvar vidas ¡Quita, quita! Se acabó el experimento. Si por algunos fuera, todavía andaríamos en el Jurásico y dándoles las gracias a los dinosaurios por devorarnos. No opinarían lo mismo seguramente si a ellos les pudiera tocar la china o el bicho, en este caso.


Y es que siempre fue muy cómodo pronunciar teorías con el culo sentado en el calentito sofá de Occidente.



martes, 25 de enero de 2011

De la mano

Martes, 5 de Pluvioso del año CCXIX de la Revolución. Jour de taureau (el día del toro).

Mientras el paseante camina por las calles en sus quehaceres diarios observa cómo se despliega la vida en ese abanico cotidiano de múltiples y sencillas manifestaciones, que precisamente las que tienen importancia en este mundo y no otras. Un perro que juguetea con su dueño, unos niños que vuelven de la escuela, los árboles del parque…lo que sea y quien sea, pues todo tiene su papel en esa maravillosa obra que es la Creación.

En esa sinfonía de personajes, lugares y cosas llama la atención un cuadro que últimamente a este observador le ha hecho reflexionar e incluso le ha alegrado alguna mañana. Son parejas cogidas de la mano, cosa nada sorprendente en principio para estos tiempos; pero la cosa cambia si no se trata de las parejas habituales en las que todos estamos pensando.

Son ancianos, entrañables y venerables, que unen sus manos como si fueran jóvenes otra vez o como si siempre hubieran vivido un noviazgo perpetuo. No se resisten a proclamar su unión y huyen de ir simplemente cogidos del bracete, gesto más recatado y hasta ahora más frecuente en las personas mayores. El amor se siente en esas manos unidas que desafían el paso el tiempo. Un amor que ha vencido todos los obstáculos de muchos años de convivencia, que ha superado mil discusiones, que ha vencido a la rutina. Ahí es nada.

Cuando uno es adolescente sueña a veces con absurdos que entonces se le antojan románticos como, por ejemplo, eso de que queda bien el morir joven. Obviamente, esas gansadas se piensan cuando se ve la ancianidad como algo lejano e incluso terrible, pero el tiempo todo lo cura y al final se impone el pragmatismo y la razón. Quizás por eso hoy día proclamo que me gustaría ser como esos novios-abuelos dentro de unos años, cuando el invierno de la vida llame mi puerta, y poder bailar pasodobles con mi esposa en el Hogar del Pensionista para luego marcharnos a casa juntos de la mano. Como en los buenos tiempos.

Aunque siempre hubo buenos tiempos. Y así que sigamos.

jueves, 6 de enero de 2011

Reflexiones para el Año Nuevo

Sábado11 de Nivoso. Año CCXIX de la Revolución. Día del granito o piedra berroqueña (material componente del rostro de algunas personas).


La vida nos ofrece momentos que suceden todos los días, pero algunos acontecen contadas ocasiones en la vida, cómo éstos primeros días del nuevo año. La verdad es que nunca me gustaron estas fechas y preferiría huir del mundanal ruido para dedicarme a cualquier cosa menos al absurdo de celebrar eventos que prometen mucho y terminan en nada, salvo en indigestiones y terribles resacas que nada benefician al organismo ni al espíritu.

Pero al final siempre hay que felicitar el Año Nuevo a todos, incluso a los gestores (por llamarlos de algún modo) de la cosa pública, responsables de un crudo invierno político y económico que se prolongará probablemente durante cientos de meses y que todos padeceremos. Acabarónse, pues, los manteles llenos de restos de cenas opíparas y las vacas gordas. Disfrutemos el presente, que es lo único que tenemos, y además es gratis.

Ahora es el momento de los buenos propósitos como, por ejemplo, quitarnos esa tripa que ha alcanzado proporciones críticas o dejar de fumar. Las crisis económicas y las prohibiciones varias harán que nuestras promesas sean infinitamente más fáciles de cumplir. Celebremos, pues la ventajosa situación y demos gracias a ZP por facilitarnos la tarea.

Dicen que los cambios alteran las condiciones de las personas. Gran verdad. El número de individuos que echan pestes del gobierno aumenta exponencialmente de modo vertiginoso y supera enormemente al de aquellos que antaño lo apoyaran —islamistas, nacionalistas, feministas, amantes de la memoria histórica y progresía variada— aunque alguno quedará, sin duda. Parece que en este caso la escasez incrementa la cordura, pero ésta llega tarde, muy tarde. Alguno llevamos años diciéndolo y las profecías se han cumplido, pero nada mágico hay en ello; simplemente la constatación de que las quimeras imposibles siempre están destinadas al fracaso.

Puede que, al fin, cambie nuestra suerte y la de nuestro país, que de malos agüeros ya andamos sobrados. Es difícil, pero no hay que perder la Esperanza. Por eso, desde su rincón del ciberespacio, el Emperador felicita a todos los blogueros este 2011 que presagia tiempos duros pero apasionantes en la batalla dialéctica de las ideas. Recordemos que lo importante es conseguir que el preboste sentado en la poltrona mayor abandone esa ilusión errónea que le mantiene vivo políticamente. Y de paso, abandone también la poltrona para dedicarse a otros menesteres que le hagan más feliz y a nosotros también.

El año Nuevo llega y quizás con él la renovación (o no) en forma de gallego teledeportista y fumador de puros. Pero, como se dice vulgarmente, “nunca pasa nada”. Todo en la vida ocurre ahora mismo.

Feliz año, que es lo principal.

lunes, 15 de marzo de 2010

Deberes ciudadanos

Mucho se habla hoy de derechos pero muy poco de deberes, cuando la lógica y la ética establecen que deben gozar de igual importancia. Algunos se han especializado durante décadas en inculcar a las masas la imperiosa necesidad de ser consciente de sus derechos y de pedirlos en grado sumo, lo que lleva a la exigencia, término éste que tiene muchas veces connotaciones negativas porque puede llevar implícito lo imperioso o desmedido en los asuntos que se solicitan y que se desmarca, por tanto, de lo que serían unas justas reivindicaciones.

Las causas de tanta insistencia están muy claras. Nada mejor que incitar a la plebe y hacerles ver que andan escasos de derechos para que éstos se solivianten, sobre todo si el poder establecido es de signo contrario. También puede darse el caso de que se otorguen o reconozcan más derechos a un grupo o colectivo —este último vocablo es más progresista— que sea del agrado de los otorgantes y como pago por los servicios prestados, creándose así una situación injusta con respecto a los demás.

Sin embargo, poco se trata de los deberes. Quizás porque el sentido del deber implica obligación y para las mentes contestatarias todo lo que suena a imposición no está bien visto, salvo que ellas mismas sean las que lo impongan. Sin embargo, no es así; para que un ser humano tenga derechos y pueda reclamar lo que la autoridad otorga a su favor debe hacerse merecedor de aquello, y con este fin debe asumir una responsabilidad que se plasma en cumplir sus obligaciones para con él mismo y la sociedad.

Las personas que viven y forman parte de un Estado moderno sólo alcanzarán la categoría de auténticos ciudadanos que gozan de derechos cívicos y políticos cuando asuman los deberes que asimismo les corresponden. La Constitución establece tres deberes básicos: defender a España, contribuir al sostenimiento de los gastos públicos mediante los impuestos, y trabajar. Sin embargo, desde el punto de vista ético o moral existen muchos más.

Veamos algunos, a modo de ejemplo. Hay que respetar y cuidar el medio ambiente sin caer en posturas troglodíticas, muchas de ellas con oscuros intereses políticos por detrás. Debemos respetar y ayudar a los demás porque hay que amar al prójimo como a uno mismo. Y, asimismo, es una obligación cívica colaborar con la Administración pública en busca de una sociedad más justa y equitativa, a veces recurriendo incluso a la crítica o la protesta pues los gobernantes suelen hallarse en una posición muchas veces distante del sentir ciudadano, y se precisa llamar la atención para minimizar la lejanía que separa al estado llano del poder.

En esta tarea se hallan muchos.

miércoles, 17 de febrero de 2010

Miércoles de Ceniza


Miércoles, 28 de Pluvioso, jour du Cyclamen (una flor preciosa, por cierto).

Los mortales solo somos sombras y cenizas, Máximo. La frase que dirige el jefe de gladiadores al esclavo hispánico que se luego se convertiría en Gladiator cobra hoy toda su vigencia cuando se nos recuerda la levedad del ser y su vuelta a la tierra tras ese breve suspiro que conocemos como existencia.

Y, sin embargo, muchos intuimos que más allá del Sic transit gloria mundi hay otra vida además de este valle de lágrimas. No hace falta ser católico practicante para ello, simplemente creer en “algo” que, hoy en día, ya es mucho. El laicismo imperante encamina al hombre a una triste vida sin esperanzas, suplidas por cosas materiales que nunca podrán sustituir la presencia del espíritu y a olvidar que en todo hombre existe una certeza de inmortalidad que es innata e intuitiva. No hacen falta pruebas ni argumentos para lo que el corazón sabe a ciencia cierta.

Estas reflexiones asaltan al escribano virtual que se dirige a vosotros en esta tarde nublada, justo después de haber acompañado a su hijo a recibir la ceniza en este miércoles comienzo de la Cuaresma. Hacía tiempo que no iba y, la verdad, ha resultado reconfortante, a la vez que transmite una sensación de serenidad que surge precisamente del convencimiento de que existe un mundo mejor. No obstante, debemos de esforzarnos en que éste sea lo más llevadero posible para nosotros y para los demás.

Pasad buena tarde, blogueros.


miércoles, 20 de enero de 2010

El libro y la pantalla

Un servidor es un fanático en esto del Interné, y ya se cuida su familia de advertírselo de vez en cuando, unas veces más amablemente, otras con mayor energía. Sin embargo, y establecida la premisa de defensa del ordenador, es justo reconocer que éste no puede suplir las viejas formas de comprender y asimilar la información, que se han revelado como las únicas eficaces para un aprendizaje integral.

Cuando se lee un libro, el contenido se asimila y queda impregnado en nuestro intelecto; incluso a partir de la lectura se reelabora la información asimilada y se establecen nuevas reflexiones y teorías que pueden dar pie incluso a nueva obras, como es el caso de los ensayos literarios y otros géneros. En cambio, cuando leemos algo en el PC, el cerebro registra una imagen efímera que no se interioriza. Los libros digitales no se disfrutan como los escritos, su texto se olvida en seguida y apenas queda poso en las neuronas para elaborarlo convenientemente y de modo provechoso.

He aquí, por tanto el problema del futuro y su relación con las generaciones que nos siguen, si bien el asunto ya empieza a manifestarse en nuestros días. Aquellos que se están criando en esta cultura visual no son capaces de aprender como antaño, y sus destrezas memorísticas y de creación es menor que la de muchos fósiles que nos quemamos las pestañas leyendo todo lo que pudimos. A ello viene añadido algo peor: el desinterés por la cultura escrita, motivado por la dificultad para leer un libro que tienen nuestros jóvenes, a los que la lectura les supone un esfuerzo considerable por no estar acostumbrados a la misma.

Todos hemos podido comprobarlo, puesto que no es cuestión de edad sino de hábitos. Al que esto escribe, cada vez le cuesta más leer desde que ingresó en las filas cibernéticas, pues la mágica llamada de la maquinita virtual empaña la sosegada invitación a abrir unas páginas escritas, y eso no es bueno. De continuar en esta espiral de ensalzamiento de la imagen y menosprecio de lo clásico, es muy posible que la profecía de Ray Bradbury en Fahrenheit 451 llegue tristemente a cumplirse algún día y los libros y los lectores sean unos proscritos enemigos del sistema a los que hay que incinerar sin compasión.

Me voy corriendo a la librería; y si esta cerrada, siempre podré comprarme en el kiosco un tebeo (no me gusta el palabro ese de cómic). El caso es desengancharse como sea de la pantalla.

domingo, 17 de enero de 2010

Los Reinos de Taifas

Tras el derrocamiento de Hixem III, último de los omeyas, el otrora poderoso y floreciente Califato de Cördoba se fragmentó en múltiples estadillos a los que se denominó reinos de Taifas o banderías, los cuales llegaron a ser treinta y nueve.

Las causas fueron variadas, pero mucho influyeron las pugnas internas entre los distintos clanes raciales bereberes muladíes e incluso eslavos (descendientes de esclavos libres originarios del norte peninsular o centroeuropeos) que desde hacía siglos ya arruinaban el Califato, así como el afán independentista de las zonas con mayor poder económico, que rechazaban la agobiante presión fiscal ejercida por el Califato sobre las distintos territorios para así poder sufragar los cuantiosos gastos militares que precisaba.

Cada taifa se identificó con una familia, clan o dinastía. A su vez competían entre ellas, ocasionándose numerosas guerras con el fin de expansionar su territorio a costa del vecino. La disputa no alcanzaba solo al terreno de las armas, sino también al de las letras y las artes; todos querían tener los mejores escritores y poetas y dedicaban grandes sumas de dineros a su patrocinio. Con el tiempo, estas pugnas debilitaron a las ya frágiles banderías que fueron forzada inclusos a pagar tributo —las denominadas parias— a los reinos cristianos a cambio de que éstos las dejaran existir.,

La fragmentación del Califato demostró la debilidad del nuevo sistema y constató la evidente realidad de que sólo un poder centralizado fuerte podía contrarrestar la ofensiva de los reinos cristianos que, en contraposición, iban forjando ya su unión y lograron la victoria final, como ya es sabido.

Los hechos narrados sucedieron hace unos ochocientos años. Sin embargo, asusta la similitud de los mismos con actuales episodios contemporáneos de todos conocidos. Convendría recordar a tal efecto que los pueblos que no aprenden de la historia están condenados a repetirla; únicamente nos queda el consuelo de que ahora son sólo diecisiete.

También hay malas noticias, sin embargo. Ahora no van a venir los cristianos a poner orden.

lunes, 11 de enero de 2010

Tristes Navidades

Acabado el paréntesis de las fiestas navideñas, todo vuelve por donde solía. Tristeza, depresión, crisis en la economía y en la sociedad. Recibos, facturas, plomazos que llaman por teléfono para comunicarte las maravillas de su empresa y vender la moto, la vuelta a la normalidad, vamos.

No han sido estas Navidades, en opinión de este observador de lo cotidiano, como otras, no. Han sido mucho peores. No se palpaba en el ambiente la magia de las fechas eternas sino más bien un frenesí consumista que cada año es más acentuado y que constata la decadencia del espíritu a favor del ímpetu de la materia.

Miríadas de bípedos acudían compulsivamente en grandes masas a los grandes almacenes para comprar las cosas que no necesitaban con el dinero que no tenían, mientras le pisaban el callo a este humilde servidor que intentaba circular pacíficamente por la vía pública o comprar algún regalito para sus allegados. Pocas veces se ha visto tanta gente en la calle pero con menos ilusión; sólo el afán de adquirir artículos como si no les quedara otra cosa en la vida. Sólo dos razones pueden explicar el comportamiento: la desesperación vestida de apariencia o el consuelo efímero que dan las cosas. En ambos casos, una tarea inútil que para nada sirve salvo para alimentar un ego mortecino que busca afanosamente la comparación con los demás sin percatarse de que no estamos separados de ellos.

Mas llegan las primeras nieves de enero y, con ellas, el crujir de dientes en forma de quiebra económica, mucho peor que ese hielo que se rompe en mil cristales como hacen las ilusiones rotas. Aquellos que se han gastado lo poco que tenían en fabricar una quimera forzada volverán a sufrir en sus carnes la dureza de la realidad como penitencia a su escaso raciocinio.

Triste sino el suyo. Triste sino el de España.

viernes, 1 de enero de 2010

Otra vez en la puerta del Sol


La noche de San Silvestre pasó y el viejo año dio como siempre sus últimos coletazos en un maremágnum de uvas, champaña y juerga más o menos fingida. Volvieron por un momento los recuerdos de los seres queridos que se fueron, las promesas de cambiar que nunca se cumplen y las esperanzas de que cualquier tiempo futuro sea mejor, mientras otra vez en la puerta del Sol volvía a bajar la vieja bola dorada al tiempo que las uvas se atragantaban en los gañotes inexpertos que todavía no han aprendido a llevar el ritmo de las campanadas. Ya no hay marineros ni soldados, como en los tiempos de la canción de Mecano pero la magia del viejo reloj sigue desafiando imperturbable al tiempo.

Gran razón tenían los hermanos Cano y Ana Torroja cuando decían que era el único momento en que todos los españolitos hacían por una vez algo a la vez. Y digo “tenían” porque, desgraciadamente, ya ni siquiera se cumple esta tradición pues en los últimos años podemos observar como se despide el año desde los lugares más variopintos: la torre de la iglesia de Sant Cucufat dels Pallerols, la basílica de Etxanolarraingoitia e incluso la ermita de San Críspulo Anacoreta, tan empinada en la montaña que hubo que retrasmitir las campanadas desde un helicóptero. Pero todo sea en aras de esta diversidad mal entendida y absurda que tanto gusta a separatistas, regionalistas varios y demás individuos que gustan de mirarse el ombligo con tanta profusión que acabarán herniándose.

Sinceramente, a la inmensa mayoría de españoles, sean de izquierdas o de derechas, altos o bajos, guapos o feos, les importa un pimiento donde escuchen las campanadas toda esa fauna moderna. Nuestro reloj es el de siempre, el de la antigua Casa de Correos que todos recordamos como una institución en estas fechas y donde, año tras año se renueva la tradición que nunca ha de morir, dicho sea con permiso de los apocalípticos del cambio climático y de los puñeteros profetas de tres al cuarto que cada año predicen el fin del mundo para el siguiente (aunque nunca aciertan, que Dios es sabio y no les dará ese gusto).

También pareciera hoy que fuéramos a comenzar una nueva vida. Craso error, la Nochevieja no es más que eso, otra noche más que, por azares del calendario se ha convertido en límite de una etapa porque, en mi opinión, el año “real” u “oficial” comienza en Septiembre, cuando se cierra el ciclo de descanso estival y comienza realmente todas las actividades académicas, empresariales, comerciales, etc. No obstante, el tiempo parece haberse puesto de acuerdo para que hoy sea la frontera y se abra una brecha ente lo viejo y lo nuevo.

Pero no voy a ser yo quien quiebre las tradiciones, pues para eso ya están las gentes políticamente correctas, que probablemente cambiarán en un futuro esta fecha por la del año nuevo musulmán, con toda probabilidad bastante más aburrida en festejos. Es por ello que os deseo un Feliz Año Nuevo que os sea venturoso en todos los aspectos, y esperemos que éste 2010 marque el comienzo del fin político de un conocido personaje conocido por sus múltiples errores, y cuyo principal mérito ha sido —como bien dijo mi amigo y bloguero Cualquie, que a la sazón es primo mío— convertirnos a muchos en periodistas aficionados.

Feliz 2010.

lunes, 28 de diciembre de 2009

Cicerón y los seis errores del hombre

Marco Tulio Cicerón fue un famoso orador y escritor romano cuyas disidencias en cuestiones políticas le hicieron perder literalmente la cabeza, pues fue decapitado a causa de aquellas en el año 43 antes de Cristo. Puede comprobarse que ya por entonces los gobernantes no gustaban de las críticas, siendo tremendamente descorazonador que después de dos mil años siga sucediendo más o menos lo mismo; la única diferencia es que ahora afortunadamente no se corta la cabeza, pero se intenta silenciar en muchos casos al discrepante.

Entre las numerosas aportaciones de Cicerón llama la atención los seis errores del hombre, que se contienen en uno de sus tratados, y que son de aplicación para todas las épocas y situaciones. Veamos cuáles son y procedamos a un somero análisis actual:

· Primer error: La ilusión de que las ganancias personales se consiguen aplastando a los demás. Este es un hecho muy frecuente. Siempre pensamos que para subir nosotros han de caer otros. El poder político cumple esta máxima a rajatabla machacando continuamente a los adversarios. Sin embargo, la estrategia de aplastar al contrario puede funcionar un tiempo pero luego puede volverse contra el que lo dice, porque nuestras críticas no son más que un reflejo de nuestras carencias (de ahí que los políticos sean tan críticos).

  • Segundo error: La tendencia a preocuparse por las cosas que no se pueden cambiar o corregir. A muchos les enfurece que llueva, cuando es mejor disfrutar de la lluvia. Algunos políticos se preocupan demasiado por España en su afán obsesivo por anularla, e intentan idear todo tipo de trucos y estratagemas. Vano empeño; por más que se esfuercen no podrán acabar con ella.
  • Tercer error: Insistir que una cosa es imposible porque no podemos conseguirla. Hasta entrado el siglo XX el volar era una cosa imposible para el ser humano; pero entonces surgieron unos hombres que inventaron el avión. Ahora mismo parece imposible que la Moncloa pueda cambiar de inquilino, y aún más contemplando a la oposición existente. Mas todo es cuestión de tiempo y de que surja algún líder que aglutine a un mayoría amplia. El proceso será largo, pero torres más altas han caído.
  • Cuarto error: No querer prescindir de las preocupaciones banales. Nos quebramos la cabeza por chorradas mayúsculas tales como si hemos limpiado bien la casa, si le hemos caído bien a ese nuevo amigo, quien ganará la liga, o el nombre del futuro ganador de Gran Hermano. En cambio, nos importa un pimiento cómo podemos mejorarnos a nosotros mismos o qué podemos hacer para que nuestro país y nuestra sociedad sena libres, justos y prósperos.
  • Quinto error: Rechazar el desarrollo y el perfeccionamiento de la mente y no adquirir el hábito de leer o estudiar. Esto enlaza bastante con el punto anterior. Si se es un palurdo absoluto (especie muy frecuente en esta España lanar) las preocupaciones e inquietudes son las descritas en el cuarto error. No leemos un libro ni aunque nos maten, salvo las crónicas deportivas o las revistas del corazón. En muchos pueblos todavía se valora más el trabajo manual que el intelectual y los que usan la cabeza para trabajar son unos señoritos y unos vagos, porque no tienen callos en las manos y muchos piensan por sí mismos, en vez de seguir fielmente los dictados de los medios oficiales de comunicación
  • Sexto error: Intentar obligar a los demás a vivir como nosotros. Esta anomalía es una constante en todos los tiempos. Intentamos que nuestros hijos hagan siempre lo que queremos (aunque ya sean mayores y con uso de razón), que nuestros allegados opinen lo mismo que nosotros, etc. A este respecto, es frecuente en muchos gobiernos —incluyendo por supuesto al actual, que es de los que se lleva la palma— el intentar intervenir en la vida de sus ciudadanos en todos los aspectos, hasta en los más nimios, empeñándose en decirles cómo actuar de forma “correcta” (no coman hamburguesas, no fumen, no sean fachas, etc.). Todo el que no piensa como ellos es un disidente y, por tanto, un enemigo.

Estos errores fueron observados por Cicerón basándose en las costumbres y modos de los habitantes de la antigua Roma, pero siguen desgraciadamente vigentes en esta España de hoy. Simplemente han cambiado de forma los gobernantes, los disidentes, los pretorianos, los súbditos y los leones, pero nada en el fondo. El tiempo pasa, pero el hombre sigue siendo el mismo y sigue cometiendo los mismos fallos, pues sólo evoluciona en su aspecto externo pero no en el interior.

Fuerza y Honor.

martes, 8 de diciembre de 2009

No hay quien lo mueva

En esta vorágine de laicismo radical que nos invade y que amenaza a todo aquello que suene a religioso o simplemente espiritual —mientras no sea islámico— viene a la mente del que esto escribe un pequeño suceso que le aconteció hace años. Andaba el hecho dormido en los desvanes del recuerdo, y ha sido precisamente los sucesos últimos acaecidos en España los que han traído de nuevo al presente esta historia y la moraleja que un servidor extrae de la misma.

Para ello hay que retrotraerse a principios de los años noventa. Despacho lóbrego y frío de una institución hospitalaria. El Doctor Salfumán —“alter ego” del imperial escribano que habita en este rincón de la blogosfera— conversaba con un médico de ideología comunista bastante radical, rojo como el puño de Lenin, y que con mucha probabilidad hoy andará alojado en la progresía rampante o en sus aledaños.

El motivo de la conversación ni se recuerda, pero sí que el galeno bolchevique reparó en un crucifijo que adornaba la estancia, como era normal en aquellos tiempos, aunque ya intentos había de enviarlos al ostracismo. Intentando hacer una gracia que no tenía ni pizca de la misma se acercó a la pared mientras me decía:

— ¡Un crucifijo! A ver si le puedo dar la vuelta.

Pretendía de este modo emular el signo de los satánicos y dejar a Cristo en no muy buena posición. Recuerdo que aquello no me agradó, aun cuando nunca haya sido un cristiano al uso sino un creyente librepensador, y así se lo hice saber:

— Deja el crucifijo, que no hace nada malo.

Estas palabras no le detuvieron y prosiguió camino de su “hazaña”. Entonces ocurrió lo que a un servidor se le antoja todavía un pequeño milagro: el crucifijo estaba clavado a la pared por varios sitios y aunque el hereje del fonendo intentó moverlo, no pudo lograr su maléfico cometido.

— Cago en…. Está clavado. No hay quien lo mueva.

La consecuencia que se extrae de la historia es bien sencilla, pero podría resumirse en una cita de Yoda, maestro de los Jedis. “El lado Oscuro no es más fuerte. Es más fácil, más rápido, pero no más fuerte”.

Se podrán hacer todos los intentos para acabar con Dios, mas ninguno tendrá éxito a largo plazo. El Bien siempre triunfa aunque tarde en manifestarse la victoria, y ello es lo que debe animarnos en estos oscuros tiempos.

Fuerza y Honor.

viernes, 4 de diciembre de 2009

El Calendario Zaragozano


Los entusiastas del famoso cambio climático están equivocados. Y no por la endeblez de muchos de los postulados de tamaña pseudoteoria, sino porque han errado en consultar en las fuentes adecuadas. No, no es el profeta del Apocalipsis Al Gore la autoridad más recomendada para predecir los pronósticos del tiempo sino el astrónomo aragonés Don Mariano Castillo y Ocsiero, creador del famoso Calendario Zaragozano que, basándose en los movimientos de la Luna y sin instrumentos complejos ni grandes parafernalias, ideó un método hace más de 150 años para eso de la meteorología.

El que esto escribe lo ha comprado alguna vez y le ha gustado su estilo, además de que acierta muchas veces y de pleno. Con el Calendario Zaragozano y los refranes de la abuela no hacen falta los satélites meteorológicos; además las predicciones son acordes con lo clásico y no anuncian catástrofes globales ni simplezas por el estilo.

Los más malévolos le acusan de poco científico y de generalidad (no de Cataluña) y dicen aquel refrán de:"Calendario zaragozano: frío en invierno, calor en verano" pero, casualmente, muchos de los que así se pronuncian suelen cojear del pie izquierdo según he podido constatar en varios foros de meteorología y en algún diario progre. Se ve que Don Mariano Castillo también ha entrado a formar parte del elenco de personajes políticamente incorrectos al no anunciar el temido calentamiento (una moza de buen ver, eso sí que produce calentamiento global).

A pesar de todo, sigue siendo el de mayor difusión en España y una de las publicaciones de mayor solera. Además de los pronósticos del tiempo por meses y semanas anuncia la hora de salida y puesta del sol, las fases de la Luna, el paso de las estaciones, las ferias y mercados de España, etc. Todo un retrato de la vida española y su paso que ojala siga por muchos años.

Y sólo por 1,50 €. Bastante menos que las subvenciones que se llevan algunos con eso del cambio climático.




jueves, 5 de noviembre de 2009

La voluntad de Dios

El auténtico sentido de la plegaria reside en pedir que se haga la Voluntad de Dios. No debemos rezar para que se nos otorgue favores, como si fuéramos los favoritos del Ser Supremo, sino para que se cumpla Su Voluntad. Puede que no coincida con la nuestra aparentemente pero, sin duda, es más acertada. Basta recordar que muchas veces hemos deseado cosas que luego se han cumplido y el resultado obtenido no era precisamente lo que esperábamos, tal y como apunta la acertada frase: “No pidas deseos, no vaya a ser que se te cumplan”.

También Santa Teresa abunda en ello: “Dirige tus oraciones a un único propósito, adaptar tu voluntad a la voluntad divina”. De este modo nos convertimos en un vehículo de Dios y reconocemos implícitamente que Él está dentro de nosotros. Si solicitamos dádivas, parece que se lo hacemos a una entidad externa de la que no formamos parte, y las posibilidades de lograr lo pedido disminuyen, con lo que nos sentimos frustrados y nos enfadamos con Él porque no ha hecho caso a nuestras súplicas.

El clérigo, filósofo y poeta norteamericano Ralph Waldo Emerson establecía que la oración utilizada para conseguir un fin privado es algo así como un robo y carece de sentido, mientras que el ser humano fusionado con Dios no suplica y ve la oración en todas las acciones.

Nunca estamos solos. Es mejor orar sabiendo de nuestra conexión al Creador y pedir simplemente fuerzas para manejar nuestros problemas que solicitar que se solucionen como por arte de magia. Dios no usa varita.